caballero-del-silencio
Poeta recién llegado
Ayer, me encontré frente a frente
con un pasado que jamás se fue,
tantas cosas pasaron por mi mente
en tan solo un breve instante,
tantas horas cargadas de ternura
que duraron lo mismo que un suspiro
y los días plagados de negrura
de tormenta y de delirio
¡qué dicha tan dolorosa!
es enfrentarse al martirio
de estar tan cerca de alcanzar la meta
y no poder hallarte amada esposa.
Heramos entonces dos chiquillos,
todo llega a mis recuerdos,
tu voz, tu fragancia, tus cabellos
negros como la profunda noche;
y aquella tarde gloriosa de febrero
de nuestro beso primero
que encerraba al universo,
un suspiro y después la entrega
a un amor inocente y blanco
dos almas fundidas en una
dos corazones, un solo cuerpo
remontado al infinito.
Mi camino me llevó de nueva cuenta
hasta aquel hospital en que el destino
te arrancó inclemente de mi lado
¡cuanta alegría me atormenta!
ahí te tomé en mis brazos
y estreché contra mi pecho
y fue, de nuestros últimos besos
impávido testigo el lecho;
tu mirada dirigiste hacia mis ojos
nublados por un llanto silencioso
te dormiste en seguida en mi regazo
sin borrar la sonrisa de tu rostro.
Yo era un chiquillo doliente
que no supo oponerse a lo mayores
que, valiéndose del horno ardiente
quisieron borrar los pormenores
de aquel amor blanco e inocente
y se llevaron tus cenizas de mi lado
pensando que así te olvidaría
que aquel amor moriría;
hoy, pasaron ya treinta años,
yo aún guardo los anillos
que nuestras vidas unieron.
soñando, amor mío con hallarte.
con un pasado que jamás se fue,
tantas cosas pasaron por mi mente
en tan solo un breve instante,
tantas horas cargadas de ternura
que duraron lo mismo que un suspiro
y los días plagados de negrura
de tormenta y de delirio
¡qué dicha tan dolorosa!
es enfrentarse al martirio
de estar tan cerca de alcanzar la meta
y no poder hallarte amada esposa.
Heramos entonces dos chiquillos,
todo llega a mis recuerdos,
tu voz, tu fragancia, tus cabellos
negros como la profunda noche;
y aquella tarde gloriosa de febrero
de nuestro beso primero
que encerraba al universo,
un suspiro y después la entrega
a un amor inocente y blanco
dos almas fundidas en una
dos corazones, un solo cuerpo
remontado al infinito.
Mi camino me llevó de nueva cuenta
hasta aquel hospital en que el destino
te arrancó inclemente de mi lado
¡cuanta alegría me atormenta!
ahí te tomé en mis brazos
y estreché contra mi pecho
y fue, de nuestros últimos besos
impávido testigo el lecho;
tu mirada dirigiste hacia mis ojos
nublados por un llanto silencioso
te dormiste en seguida en mi regazo
sin borrar la sonrisa de tu rostro.
Yo era un chiquillo doliente
que no supo oponerse a lo mayores
que, valiéndose del horno ardiente
quisieron borrar los pormenores
de aquel amor blanco e inocente
y se llevaron tus cenizas de mi lado
pensando que así te olvidaría
que aquel amor moriría;
hoy, pasaron ya treinta años,
yo aún guardo los anillos
que nuestras vidas unieron.
soñando, amor mío con hallarte.
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