ERASE UNA VEZ...
Buscando entre los rastrojos
encontré la mujer de mi vida
grácil y verdinegra como lagartija
o catedral de los tiempos perdidos.
Sus ojos como carbones ardientes
remataban unos espléndidos senos
y sus cabellos, ah, sus cabellos,
en tiempos de sequía eran la envidia del viento.
Entre las piedras fugaces como horas
(¿que es una piedra en medio de la eternidad
o de unos campos de trigo?)
la mujer de mi vida reía de mi ridículo asombro.
Yo era muy joven todavía
en aquel tiempo en formación apenas nube
o caballo que piafaba sin descanso
en la tórrida hora de la siesta
Desde el fondo de los valles invadidos
por filodendros procaces
llegaban voces lastimeras
impetrando silencios.
Y la mujer de mi vida reía, reía como un ave del paraíso
su vientre de prodigiosa estulticia
se agitaba con los espasmos de su risa
y sus cabellos, ah sus cabellos, se hacían trizas como banderas derrotadas.
Era el fatídico anuncio que cumplía mis presagios
Mi pequeña e inquieta lagartija
color de catedral o de río desbordado
abrió su seno opalino para hacerlo mi refugio.
Pero mi destino era ser humano
humano como un hombre o un payaso
aunque mi primigenia forma fuese la de serpiente tentadora.
Y por eso la mujer de mi vida se reía de mi asombro.
No podía comprender que hubiese alumbrado
la roca que sería su refugio
fractálico argumento de la formación ex nihilo
del universo o de sus muslos de diosa.
Y mucho menos que los unicornios del valle
reclamasen el silencio de los muertos
impidiendo la alegría de mi piafar.
Campanas agrietadas fueron la respuesta.
Ilust.: Henri Rousseau “le Douanier”. “Le Rêve”.
Buscando entre los rastrojos
encontré la mujer de mi vida
grácil y verdinegra como lagartija
o catedral de los tiempos perdidos.
Sus ojos como carbones ardientes
remataban unos espléndidos senos
y sus cabellos, ah, sus cabellos,
en tiempos de sequía eran la envidia del viento.
Entre las piedras fugaces como horas
(¿que es una piedra en medio de la eternidad
o de unos campos de trigo?)
la mujer de mi vida reía de mi ridículo asombro.
Yo era muy joven todavía
en aquel tiempo en formación apenas nube
o caballo que piafaba sin descanso
en la tórrida hora de la siesta
Desde el fondo de los valles invadidos
por filodendros procaces
llegaban voces lastimeras
impetrando silencios.
Y la mujer de mi vida reía, reía como un ave del paraíso
su vientre de prodigiosa estulticia
se agitaba con los espasmos de su risa
y sus cabellos, ah sus cabellos, se hacían trizas como banderas derrotadas.
Era el fatídico anuncio que cumplía mis presagios
Mi pequeña e inquieta lagartija
color de catedral o de río desbordado
abrió su seno opalino para hacerlo mi refugio.
Pero mi destino era ser humano
humano como un hombre o un payaso
aunque mi primigenia forma fuese la de serpiente tentadora.
Y por eso la mujer de mi vida se reía de mi asombro.
No podía comprender que hubiese alumbrado
la roca que sería su refugio
fractálico argumento de la formación ex nihilo
del universo o de sus muslos de diosa.
Y mucho menos que los unicornios del valle
reclamasen el silencio de los muertos
impidiendo la alegría de mi piafar.
Campanas agrietadas fueron la respuesta.
Ilust.: Henri Rousseau “le Douanier”. “Le Rêve”.
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