Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Eres la huella del verano en mi costado,
la marea que sube entre mis huesos,
un juicio de miel y sombras
donde me declaro culpable de tu nombre.
Tus caderas son la sentencia escrita en latín antiguo,
ese idioma de dioses que sólo entienden los hambrientos.
Bebo de tu ombligo como de un códice prohibido,
y en cada curva, un artículo de fe:
"*Amarás este cuerpo como a un crimen perfecto*".
Tu piel es el archivo de todo lo que callé,
un pergamino de sal donde se deshacen mis votos.
Robo el aliento de tu boca con la destreza de un ladrón,
y en cada beso, invento una ley nueva:
jurar que la culpa es solo otra forma del rocío
cuando la noche desnuda sus uvas maduras.
¿Delito o deleite? Pregunta el juez de las enredaderas
mientras tus muslos escriben la apelación en mi nuca.
Soy reo de tu aroma a almizcle y tormenta,
de ese río que nace entre tus piernas
y inunda los códigos de la razón.
Absuélveme con tu boca de higuera salvaje,
condéname al fuego lento de tu vientre.
Que en el tribunal de los besos,
mi condena sea vivir eternamente
en la celda oscura de tu respiración.
la marea que sube entre mis huesos,
un juicio de miel y sombras
donde me declaro culpable de tu nombre.
Tus caderas son la sentencia escrita en latín antiguo,
ese idioma de dioses que sólo entienden los hambrientos.
Bebo de tu ombligo como de un códice prohibido,
y en cada curva, un artículo de fe:
"*Amarás este cuerpo como a un crimen perfecto*".
Tu piel es el archivo de todo lo que callé,
un pergamino de sal donde se deshacen mis votos.
Robo el aliento de tu boca con la destreza de un ladrón,
y en cada beso, invento una ley nueva:
jurar que la culpa es solo otra forma del rocío
cuando la noche desnuda sus uvas maduras.
¿Delito o deleite? Pregunta el juez de las enredaderas
mientras tus muslos escriben la apelación en mi nuca.
Soy reo de tu aroma a almizcle y tormenta,
de ese río que nace entre tus piernas
y inunda los códigos de la razón.
Absuélveme con tu boca de higuera salvaje,
condéname al fuego lento de tu vientre.
Que en el tribunal de los besos,
mi condena sea vivir eternamente
en la celda oscura de tu respiración.