Allan
Poeta recién llegado
En el viaje que un día no decidió embarcar
con su fe y sus esperanzas acabadas de nacer,
se adentro en barco a punto de zarpar
rumbo a un lugar donde sus sueños se desvelarían.
Probó la tierra en sus labios, pero le supo amarga,
por supuesto, y también su alma perdió el tono original.
No sabia que la vida lo recibiría a golpes,
y que el camino más largo era el señalado.
Siguió buscando el sentido a su caminar,
ignoraba hacia donde la senda lo conduciría,
y aunque le preguntará al cualquier otro caminante
no era la respuesta la esperada por sus ansias.
La certeza se iba como el agua de esas lluvias
que ahogaban su respiración y lo hacían perder
los ánimos para volver a levantarse y seguir,
mirando a un ocaso que tampoco tenía nada que decir.
Así de las hiedras en su corazón fueron brotando heridas
que nunca se cerraban aunque terminaran de cicatrizar,
y se volvían rutina hasta que un día dejó a su camino de lado,
cuando escogió caminar sin dirección por tierras escondidas.
Los desiertos, la selva, eran lugares en los que radicaban
las desvalidas de hogueras apagadas y en donde oscurecía
bajo un gran manto de luces pequeñas, ilusiones perdidas,
y se hallaban huertas de deseos a punto de perecer.
Dentro de sí se oían los gritos y voces encadenadas a palabras,
su corazón aunque más se parecía a una piedra más fuerte retumbaba
pero cada vez se sentía menos vivo como en esos acompañantes
donde miraba en sus ojos algunas lagrimas y desesperanzas vividas.
con su fe y sus esperanzas acabadas de nacer,
se adentro en barco a punto de zarpar
rumbo a un lugar donde sus sueños se desvelarían.
Probó la tierra en sus labios, pero le supo amarga,
por supuesto, y también su alma perdió el tono original.
No sabia que la vida lo recibiría a golpes,
y que el camino más largo era el señalado.
Siguió buscando el sentido a su caminar,
ignoraba hacia donde la senda lo conduciría,
y aunque le preguntará al cualquier otro caminante
no era la respuesta la esperada por sus ansias.
La certeza se iba como el agua de esas lluvias
que ahogaban su respiración y lo hacían perder
los ánimos para volver a levantarse y seguir,
mirando a un ocaso que tampoco tenía nada que decir.
Así de las hiedras en su corazón fueron brotando heridas
que nunca se cerraban aunque terminaran de cicatrizar,
y se volvían rutina hasta que un día dejó a su camino de lado,
cuando escogió caminar sin dirección por tierras escondidas.
Los desiertos, la selva, eran lugares en los que radicaban
las desvalidas de hogueras apagadas y en donde oscurecía
bajo un gran manto de luces pequeñas, ilusiones perdidas,
y se hallaban huertas de deseos a punto de perecer.
Dentro de sí se oían los gritos y voces encadenadas a palabras,
su corazón aunque más se parecía a una piedra más fuerte retumbaba
pero cada vez se sentía menos vivo como en esos acompañantes
donde miraba en sus ojos algunas lagrimas y desesperanzas vividas.
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