JOSE MANUEL SAIZ
Poeta asiduo al portal
¡Qué sabré yo del amor!
Si fui como una hoz
que segó por hierba corazones tempranos.
Si fui como la niebla de un pantano
que esconde en su seno remolinos traidores.
Y en mi vida sólo amores.
Y en mis labios sólo mentiras.
Pero llegaste tú, paradoja de la vida,
a hundir con tu corazón
la proa de mi navío.
Y yo, gigante, sucumbí como un niño.
Domaste mis garras de halcón
con tus manos de seda.
Me enamoré de una estrella
y seguí tu estela por bosques y caminos.
Fueron mis brazos aspas de molino
que dan vueltas en tu busca,
como busca el viento las alas de una cometa.
Y mis pies peregrinos
dibujaron tu senda como locos errantes.
Tus ojos en un instante
hechizaron los míos cautivos.
De tus labios furtivos
nacieron como estambres mil besos mudos.
Desde entonces soy el musgo
que crece a los pies de un árbol seco.
Soy la voz del eco
que retumba en el abismo.
Soy la sombra de un muro viejo
cuando reposa en él el sol del estío.
Y a lo lejos, a lo lejos,
la levedad de un espejísmo
que grita en mis oidos...
¡Es ella!
¡Es ella!
¡Que sabré yo del amor!
Yo que me creí un ruiseñor
y ahora soy la herida de una saeta.
Y por ti perderé mis alas.
Y por ti venderé mis tierras.
Mi vida y mi alma perdidas
por abrazar a una estrella.
...
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Si fui como una hoz
que segó por hierba corazones tempranos.
Si fui como la niebla de un pantano
que esconde en su seno remolinos traidores.
Y en mi vida sólo amores.
Y en mis labios sólo mentiras.
Pero llegaste tú, paradoja de la vida,
a hundir con tu corazón
la proa de mi navío.
Y yo, gigante, sucumbí como un niño.
Domaste mis garras de halcón
con tus manos de seda.
Me enamoré de una estrella
y seguí tu estela por bosques y caminos.
Fueron mis brazos aspas de molino
que dan vueltas en tu busca,
como busca el viento las alas de una cometa.
Y mis pies peregrinos
dibujaron tu senda como locos errantes.
Tus ojos en un instante
hechizaron los míos cautivos.
De tus labios furtivos
nacieron como estambres mil besos mudos.
Desde entonces soy el musgo
que crece a los pies de un árbol seco.
Soy la voz del eco
que retumba en el abismo.
Soy la sombra de un muro viejo
cuando reposa en él el sol del estío.
Y a lo lejos, a lo lejos,
la levedad de un espejísmo
que grita en mis oidos...
¡Es ella!
¡Es ella!
¡Que sabré yo del amor!
Yo que me creí un ruiseñor
y ahora soy la herida de una saeta.
Y por ti perderé mis alas.
Y por ti venderé mis tierras.
Mi vida y mi alma perdidas
por abrazar a una estrella.
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