Anna Politkóvskaya
Poeta fiel al portal
I
El invierno es como un virus que se hospeda en seres
y cosas, inoculando en su interior niebla y confusión.
¿Quién añora esa época terrible
de corazones helados y emboscadas de ventiscas,
de rocas resbaladizas y sucias,
de nieve cayendo como plaga de mosquitos?
II
Su llegada -siempre se acerca chirriando-
anuncia la muerte inminente del almanaque
y deja a los árboles desolados.
Su devastación es la de los bolsillos vacíos,
las manos como rosas congeladas o los vientres
salmodiando la canción del hambre.
III
La pobreza no quiere venderle su alma,
mas se siente impotente como el mar en el límite
de sus fuerzas para poder impedirlo,
y donde echa raíces
el frío invade su ajada piel, que apenas
logra adherirse a unos huesos amontonados
y a las miradas que interrogan y suplican.
IV
Los colores enfermos del invierno
manchan el aire de oxidada tristeza.
Es una estación descaminada,
que no soporta el peso de un afecto.
Su crueldad exige sacrificios y hecatombes
para no sé qué regeneraciones sin sentido.
V
No es bello el sol pálido
de las mañanas invernales de ningún día
cuando el desierto persigue el corazón
de jardines, calles y plazas.
Su luz inútil deja como sombras en los sueños
y cubre de silencios los ojos,
aunque el mar siga moviéndose en la noche.
VI
Es invierno y en las cloacas de la ciudad,
donde se escapa de las manos
el calor que no se ha tenido nunca,
hiede su gris palidez de muerte.
El invierno es como un virus que se hospeda en seres
y cosas, inoculando en su interior niebla y confusión.
¿Quién añora esa época terrible
de corazones helados y emboscadas de ventiscas,
de rocas resbaladizas y sucias,
de nieve cayendo como plaga de mosquitos?
II
Su llegada -siempre se acerca chirriando-
anuncia la muerte inminente del almanaque
y deja a los árboles desolados.
Su devastación es la de los bolsillos vacíos,
las manos como rosas congeladas o los vientres
salmodiando la canción del hambre.
III
La pobreza no quiere venderle su alma,
mas se siente impotente como el mar en el límite
de sus fuerzas para poder impedirlo,
y donde echa raíces
el frío invade su ajada piel, que apenas
logra adherirse a unos huesos amontonados
y a las miradas que interrogan y suplican.
IV
Los colores enfermos del invierno
manchan el aire de oxidada tristeza.
Es una estación descaminada,
que no soporta el peso de un afecto.
Su crueldad exige sacrificios y hecatombes
para no sé qué regeneraciones sin sentido.
V
No es bello el sol pálido
de las mañanas invernales de ningún día
cuando el desierto persigue el corazón
de jardines, calles y plazas.
Su luz inútil deja como sombras en los sueños
y cubre de silencios los ojos,
aunque el mar siga moviéndose en la noche.
VI
Es invierno y en las cloacas de la ciudad,
donde se escapa de las manos
el calor que no se ha tenido nunca,
hiede su gris palidez de muerte.
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