Es la inanidad de los días
en los que las rocas son flores
y los felinos de los parques
están ahitos de odio.
Días sin amaneceres cantados
por los grajos ni ocasos
bendecidos por las ruinas incoloras
de los edificios de granito.
Trepidantes como escolopendras
marchando sobre el cuero de un tambor
las palabras de las bellas
esculpen los frisos antiguos.
Los mármoles se sienten ultrajados
y se cuartean con quejumbrosos chasquidos
negando a los paseantes
la gloriosa contemplación
de las futuras cariátides.
Bebo el humo que a estas horas de la noche
invade mi habitación
como una nube de colores oxidados.
Como en un acto administrativo
organizo mis recuerdos para clasificarlos
por riguroso orden alfabético:
El ruido de los tranvías me despierta
llamo desesperadamente a mi amante
contemplo el azul grisáceo del techo que hace de cielo
recuerdo que tengo algo que recordar
pero no lo encuentro
veo la bandada de aviones que vuelan
hacia el próximo bombardeo
(se que estoy en la inanidad de un día
en los que las rocas son flores, etc., etc.…)
Recojo mi alma de mi almario
-tendré que bajarla al tinte-
y ahuyento a los tímidos pajarillos
que han anidado en sus pliegues.
Alguno me contempla con aire feroz
y yo preveo la inminencia de mi muerte.
Los ojos de mi amante ausente
yacen en total desorden entre las sábanas sucias
¿Donde habrá ido sin sus ojos de azul porcelana?
De entre los ruidos de la calle
percibo el de la llamada del nuevo maniquí
que me enamoró ayer noche.
Desde su vientre de perfecta curvatura
nacen sonidos miríficos
que se dirigen a la primera misa.
Ya no vuelven más recuerdos
y mi corazón amaina sus celos de animal primitivo.
Duermo de nuevo feliz.
Ilust.: Max Ernst & Ivette Cauquil-Prince.- “El ojo del silencio”. 1977-78
en los que las rocas son flores
y los felinos de los parques
están ahitos de odio.
Días sin amaneceres cantados
por los grajos ni ocasos
bendecidos por las ruinas incoloras
de los edificios de granito.
Trepidantes como escolopendras
marchando sobre el cuero de un tambor
las palabras de las bellas
esculpen los frisos antiguos.
Los mármoles se sienten ultrajados
y se cuartean con quejumbrosos chasquidos
negando a los paseantes
la gloriosa contemplación
de las futuras cariátides.
Bebo el humo que a estas horas de la noche
invade mi habitación
como una nube de colores oxidados.
Como en un acto administrativo
organizo mis recuerdos para clasificarlos
por riguroso orden alfabético:
El ruido de los tranvías me despierta
llamo desesperadamente a mi amante
contemplo el azul grisáceo del techo que hace de cielo
recuerdo que tengo algo que recordar
pero no lo encuentro
veo la bandada de aviones que vuelan
hacia el próximo bombardeo
(se que estoy en la inanidad de un día
en los que las rocas son flores, etc., etc.…)
Recojo mi alma de mi almario
-tendré que bajarla al tinte-
y ahuyento a los tímidos pajarillos
que han anidado en sus pliegues.
Alguno me contempla con aire feroz
y yo preveo la inminencia de mi muerte.
Los ojos de mi amante ausente
yacen en total desorden entre las sábanas sucias
¿Donde habrá ido sin sus ojos de azul porcelana?
De entre los ruidos de la calle
percibo el de la llamada del nuevo maniquí
que me enamoró ayer noche.
Desde su vientre de perfecta curvatura
nacen sonidos miríficos
que se dirigen a la primera misa.
Ya no vuelven más recuerdos
y mi corazón amaina sus celos de animal primitivo.
Duermo de nuevo feliz.
Ilust.: Max Ernst & Ivette Cauquil-Prince.- “El ojo del silencio”. 1977-78