Évano
Libre, sin dioses.
Ahora tenía dos meses libres, sesenta días para no preocuparse por escribir un poema de amor. Le habían fijado un tope de una poesía por mes e, increíblemente, adelantó la faena. Estaba eufórico, como una cabra en un barbecho de dulces hojas frescas de primavera; como una vaca solitaria en un prado enorme; como un caballo con una yegua en el monte libre; como un astronauta en Cáceres, que viene a ser como descubrir un nuevo planeta con vida (bueno, con casi vida).
El hecho es que disponía de ese tiempo para narrar cuanto se le ocurriese, sin tener atada la cabeza a las mariposas, besos, rosas, corazones, te quieros y mandangas por el estilo. ¡Mandangas, qué palabra tan bonita, qué expresiva! Le añadiremos el alias de Mandangas.
Mandangas andaba por el monte, bajo la lluvia y un viento como el de la nevera, como cuando la abres para sacar los cubitos de hielo y te da en el rostro el aire de ella. Era temprano, tanto, que la animación y la luna callaban como calla quien no habla porque nunca tiene nada que decir. Ni siquiera ululaban viento ni búhos, ni el río del fondo del angosto valle.
Mandangas iba por la mitad de la ladera de la más alta montaña, en pijama, con la borla del gorro de dormir yendo de un sitio para otro. Calzaba zapatillas rojas de la marca Casimiro, con calcetines de la caricatura del Hombre Escarabajo. Silbaba La canción del pirata, esa de Con diez cañones por banda/ viento en popa a toda vela/ no corta el mar si no vuela/ mi tiempo para escribir... No era la misma letra ni momento para silbarla, pero como no había nadie que le regañara, pues eso, que le daba la gana. Son las cosas buenas del soltero, o no, vaya uno a saber.
Pues eso, que me pierdo... De pronto se vio entre los robles a un cabezudo que lloraba porque se la había encajado la cabeza entre dos árboles belloteros. Pues ahí se quedó porque Mandangas continuó ascendiendo hasta la cima. En ella, en lo alto, la niebla formaba figuras danzando sardanas por un lado, por otro bailaban jotas y, más allá, sevillanas y olé.
Mandangas fue a cada círculo de nieblas danzarinas y las sopló y las deshizo, el muy borde, con lo que volviéronse a juntar en nubes y subir hasta allí arriba, hasta el cielo, se supone.
Luego Mandangas gritó todo lo que pudo a los cuatro vientos, despertando a las aldeas y aldeanos de la comarca; a gallinas y gallos; a vacas y toros; a ovejas y carneros; a caracoles y pajarillos; a cigüeñas y lombrices y demás animalillos y animalazos.
Bajó corriendo y exigió al cabezudo que susurrara la corriente del río, que despidiera a la noche.
El mundo estaba en funcionamiento, como cada día. Ya podía irse a dormir hasta el oscurecer, cuando empezaría otra vez su trabajo, pero más relajado, ya que poseía dos meses sin amor. La vida y nada más, sin salsa ninguna, a pelo descubierto, libre, inexpugnable, inalcanzable, como una piedra que pensara y hablara con la futura estatua de la que formara parte, esa lápida preciosa encima del monte del olvido, en medio de las nieblas danzarinas del desamor, oyendo el llanto del cabezudo atrapado entre los troncos de los robles eternos de la creación; con su pijama de última moda del Edén pueblerino y olé.
Mandangas tiene ahora dos meses libres para inundar a los valles de disparates, y yo estaré aquí para relatarlos.
A más ver, si les da la gana.
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