Évano
Libre, sin dioses.
De hoy no pasaría, aunque le reventasen los ojos y quedaran sus cuencas como cuevas vacías, o su mismísimo cerebro acabara deshecho y gelatinoso, aposentado en el cráneo de su cabeza; o se derramara por narices, oídos y boca. Hoy, por fin, intentaría leer un relato. Ya estaba bien de asustarse más allá de las diez líneas.
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