Sintiendo la tenue brisa
que se desliza misteriosa y sigilosamente
en el silencio del crepúsculo
imperioso y recóndito,
contemplando con serenidad en el alma
aquel cielo extenso y perpetuo
que declina nimiamente sobre mis hombros,
pretendiendo descubrir
las palabras exactas en cada lucero
que se dispone a morir,
extinguiéndose su albor,
ensombreciendo a un corazón,
que si adviertes vigilantemente
escucharás como se paralizan sus latidos
causa del desconsuelo
y la humadera narcótica
de un cigarrillo ininterminable,
pensando en el instante
de aquella primera vez,
nostalgias envolventes en eclipse
explosionando en un rincón,
resucitan memorias del antaño
en las cuales tus sonrisas fueron mi religión,
la ilusa inocencia del primer amor,
aquella historia cincelada
en el libro melancólico de la desolación,
allí escrutando en el génesis
de nuestra epopeya
procurando reiterar percibir
aquel sentimiento que se rehúso al olvido
y que perduro en la atmósfera palpable
e incesante de la soledad.
Es que te escribo hoy
has sido el sello esculpido en sangre,
la esencia de una imborrable ilusión,
el reflejo de unos abatidos ojos,
el despertar de una alborada sin luz,
has sido la razón inexplicable
que se confunde con el desvarío
de un eterno amor,
que al entregarse entre sabanas blancas
se vio desnudo al desenfreno de una pasión,
sin conseguir disfrazar su verdadera intención,
pero finalmente comprendió
la distancia entre los dos
y asediado de desconciertos,
mixturas de aflicciones y orgullos,
es que te dice adiós
con lagrimas que humedecen y nublan
a aquella dulce mirada
porque el conocimiento no logra entender
el nacimiento del fin,
se que extrañara mi cuerpo
abrigar tu desnudez,
se que extrañara mis manos
acariciar tu piel,
se que extrañaran mi labios
el almíbar de tus besos,
porque si el tan solo pensarte
es pecado capital,
el amarte en silencio
será mi condena.
que se desliza misteriosa y sigilosamente
en el silencio del crepúsculo
imperioso y recóndito,
contemplando con serenidad en el alma
aquel cielo extenso y perpetuo
que declina nimiamente sobre mis hombros,
pretendiendo descubrir
las palabras exactas en cada lucero
que se dispone a morir,
extinguiéndose su albor,
ensombreciendo a un corazón,
que si adviertes vigilantemente
escucharás como se paralizan sus latidos
causa del desconsuelo
y la humadera narcótica
de un cigarrillo ininterminable,
pensando en el instante
de aquella primera vez,
nostalgias envolventes en eclipse
explosionando en un rincón,
resucitan memorias del antaño
en las cuales tus sonrisas fueron mi religión,
la ilusa inocencia del primer amor,
aquella historia cincelada
en el libro melancólico de la desolación,
allí escrutando en el génesis
de nuestra epopeya
procurando reiterar percibir
aquel sentimiento que se rehúso al olvido
y que perduro en la atmósfera palpable
e incesante de la soledad.
Es que te escribo hoy
has sido el sello esculpido en sangre,
la esencia de una imborrable ilusión,
el reflejo de unos abatidos ojos,
el despertar de una alborada sin luz,
has sido la razón inexplicable
que se confunde con el desvarío
de un eterno amor,
que al entregarse entre sabanas blancas
se vio desnudo al desenfreno de una pasión,
sin conseguir disfrazar su verdadera intención,
pero finalmente comprendió
la distancia entre los dos
y asediado de desconciertos,
mixturas de aflicciones y orgullos,
es que te dice adiós
con lagrimas que humedecen y nublan
a aquella dulce mirada
porque el conocimiento no logra entender
el nacimiento del fin,
se que extrañara mi cuerpo
abrigar tu desnudez,
se que extrañara mis manos
acariciar tu piel,
se que extrañaran mi labios
el almíbar de tus besos,
porque si el tan solo pensarte
es pecado capital,
el amarte en silencio
será mi condena.