Carlos Gabriel Plenazio
Gabriel varón gay enfermero
Agoniza el espejo en la pared,
la mañana mi carne ha corrompido,
en un antifaz de tiempo que a mis ojos,
coronan de delirios.
La plata del cristal me muestra,
lo que alguna vez fue una breva dulce,
de una higuera que a las flores se ha negado,
y tiene áspero el tallo amanecido.
Agoniza el silencio en las lagunas que cuelgan,
en las paredes de mi cuarto,
marchita una luna se asemeja a mi mirada,
en donde solían volar palomas libres de azules.
No me ha perdonado la mañana,
los espejos penden por toda la casa,
el reflejo cierne sobre mi morada,
lentitud de tiempo y de olvido.
Caminan a mi lado los recuerdos.
Se dibujan historias, en el plato oval de los cristales.
Me siento apenado en los rincones,
de mis sienes, praderas heladas del destino.
Donde mil lobos corren en jaurías grises,
aullándole a la luna.
la mañana mi carne ha corrompido,
en un antifaz de tiempo que a mis ojos,
coronan de delirios.
La plata del cristal me muestra,
lo que alguna vez fue una breva dulce,
de una higuera que a las flores se ha negado,
y tiene áspero el tallo amanecido.
Agoniza el silencio en las lagunas que cuelgan,
en las paredes de mi cuarto,
marchita una luna se asemeja a mi mirada,
en donde solían volar palomas libres de azules.
No me ha perdonado la mañana,
los espejos penden por toda la casa,
el reflejo cierne sobre mi morada,
lentitud de tiempo y de olvido.
Caminan a mi lado los recuerdos.
Se dibujan historias, en el plato oval de los cristales.
Me siento apenado en los rincones,
de mis sienes, praderas heladas del destino.
Donde mil lobos corren en jaurías grises,
aullándole a la luna.