Viola
Poeta recién llegado
Esta cárcel de carne,
de brazos como alas que se extienden por un cielo púrpura
y que esperan abarcar la vida misma,
aquella que yace diminuta en un leve suspiro.
Esta cárcel de miedo abarca generosa las palabras
y las guarda bajo su sombra, enmudeciendo al tic tac del tiempo que no transcurre.
No hay hecho para ser nombrado.
Los barrotes nacen de mi pecho y su membrana es infranqueable,
sólo gotas de silencio como un puente entre dos mundos.
Afuera, una oscuridad se extiende desde mis ojos de cuervo,
todo lo puebla,
todo lo besa,
mis pasos de animal salvaje se quiebran en el golpeteo grisáceo de la lluvia sobre el viento.
Mi cabeza se abalanza y se quiebra en esta celda de musculo fino, tan impenetrable siempre.
Esta cárcel cotidiana.
Esta cárcel de piel oscura.
Esta cárcel de llanto de fantasma,
de cementerio urbano,
de clase de medio día,
de mirada nebulosa.
Esta cárcel voluptuosa,
innombrable.
Esta cárcel todos los días.
de brazos como alas que se extienden por un cielo púrpura
y que esperan abarcar la vida misma,
aquella que yace diminuta en un leve suspiro.
Esta cárcel de miedo abarca generosa las palabras
y las guarda bajo su sombra, enmudeciendo al tic tac del tiempo que no transcurre.
No hay hecho para ser nombrado.
Los barrotes nacen de mi pecho y su membrana es infranqueable,
sólo gotas de silencio como un puente entre dos mundos.
Afuera, una oscuridad se extiende desde mis ojos de cuervo,
todo lo puebla,
todo lo besa,
mis pasos de animal salvaje se quiebran en el golpeteo grisáceo de la lluvia sobre el viento.
Mi cabeza se abalanza y se quiebra en esta celda de musculo fino, tan impenetrable siempre.
Esta cárcel cotidiana.
Esta cárcel de piel oscura.
Esta cárcel de llanto de fantasma,
de cementerio urbano,
de clase de medio día,
de mirada nebulosa.
Esta cárcel voluptuosa,
innombrable.
Esta cárcel todos los días.