José Cornejo Valadez
Poeta recién llegado
En la oscura y gris alcoba, leyendo el poema, me hallo,
de Edgar Allan. Llueve afuera, escucho el fuerte goteo
y el chasquido fragoroso y retumbante de algún rayo
que me hace temblar de súbito, olvidando cuanto leo;
y hace crujir los cristales
tras la chispa refulgente; después, vuelve el tintineo
de estas lluvias invernales...
Es el crudo mes de enero. Bajo la luz macilenta
de una vela consumida, con el viejo manuscrito
en las manos temblorosas, mientras silba la tormenta,
lo que el cuervo dice al bardo con espanto lo repito:
¡nunca más!...Por mi desgracia volverán tiempos iguales,
a ese ayer que yo creí prolongarse al infinito,
pero de aquellos ideales
todo muerto y sepultado; salvo del dolor mi grito
y el monótono sonido de estas lluvias invernales...
Cierro los cansados ojos meditando lo aprendido
del poema misterioso, e interpretando el sentido,
creo percibir en el eco
el sonido de su voz la noche de desventura
al destruir mi esperanza, y el retumbo sordo y hueco,
y olvido de la lectura
hasta el más sencillo párrafo en el dolor que interpreta
y hace diana al corazón, con mortífera saeta.
Y vuelve el dolor antiguo, cuando escuché las mortales
palabras que con un tajo mis afanes destrozaron:
¡nunca más!...Luego el sonido repicando en los cristales
de las gotas como lágrimas que al sucio vidrio mojaron,
al tenaz repiqueteo de estas lluvias invernales...
He buscado la respuesta de su súbito desdén
pero inútilmente, el pecho no responde mal ni bien
la pregunta lacerante
de la causa. ¿Quién lo sabe? ¿Quién leer puede el futuro?
¿Cómo saber si jamás se demostró en su semblante
el afán de abandonarme sin adiós? A buen seguro
desde el inicio la farsa fue planeada paso a paso:
las promesas, las caricias, el fuego de sus miradas,
el contacto de sus labios, el calor de su regazo;
ilusiones y esperanzas de repente destrozadas.
¿Porqué entonces duele tanto de su amor la decepción?
¿Porqué tiemblo al recordarla, como tiemblan los cristales
de esta alcoba triste y sucia que me sirve de prisión
en la inmensa mansedumbre de estas lluvias invernales?...
Corazón, detén la angustia que desbordante en sollozos
me anega, al pensar momentos de aquella vida, dichosos,
de ese amable y feliz tiempo que viví cuando llegó.
Cuando al verme sin consuelo
caminando por la ruta que el destino me marcó,
me ofreció llevarme al cielo
pero nunca lo cumplió...
Solo ahora, triste y solo; del amor todo perdido
y lamiendo las heridas con hedores sepulcrales.
¡Cómo choca en los cristales
su recuerdo con la lluvia, y el recuerdo del olvido,
parecido a aquel gemido
que produce el ruido sordo de estas lluvias invernales...
de Edgar Allan. Llueve afuera, escucho el fuerte goteo
y el chasquido fragoroso y retumbante de algún rayo
que me hace temblar de súbito, olvidando cuanto leo;
y hace crujir los cristales
tras la chispa refulgente; después, vuelve el tintineo
de estas lluvias invernales...
Es el crudo mes de enero. Bajo la luz macilenta
de una vela consumida, con el viejo manuscrito
en las manos temblorosas, mientras silba la tormenta,
lo que el cuervo dice al bardo con espanto lo repito:
¡nunca más!...Por mi desgracia volverán tiempos iguales,
a ese ayer que yo creí prolongarse al infinito,
pero de aquellos ideales
todo muerto y sepultado; salvo del dolor mi grito
y el monótono sonido de estas lluvias invernales...
Cierro los cansados ojos meditando lo aprendido
del poema misterioso, e interpretando el sentido,
creo percibir en el eco
el sonido de su voz la noche de desventura
al destruir mi esperanza, y el retumbo sordo y hueco,
y olvido de la lectura
hasta el más sencillo párrafo en el dolor que interpreta
y hace diana al corazón, con mortífera saeta.
Y vuelve el dolor antiguo, cuando escuché las mortales
palabras que con un tajo mis afanes destrozaron:
¡nunca más!...Luego el sonido repicando en los cristales
de las gotas como lágrimas que al sucio vidrio mojaron,
al tenaz repiqueteo de estas lluvias invernales...
He buscado la respuesta de su súbito desdén
pero inútilmente, el pecho no responde mal ni bien
la pregunta lacerante
de la causa. ¿Quién lo sabe? ¿Quién leer puede el futuro?
¿Cómo saber si jamás se demostró en su semblante
el afán de abandonarme sin adiós? A buen seguro
desde el inicio la farsa fue planeada paso a paso:
las promesas, las caricias, el fuego de sus miradas,
el contacto de sus labios, el calor de su regazo;
ilusiones y esperanzas de repente destrozadas.
¿Porqué entonces duele tanto de su amor la decepción?
¿Porqué tiemblo al recordarla, como tiemblan los cristales
de esta alcoba triste y sucia que me sirve de prisión
en la inmensa mansedumbre de estas lluvias invernales?...
Corazón, detén la angustia que desbordante en sollozos
me anega, al pensar momentos de aquella vida, dichosos,
de ese amable y feliz tiempo que viví cuando llegó.
Cuando al verme sin consuelo
caminando por la ruta que el destino me marcó,
me ofreció llevarme al cielo
pero nunca lo cumplió...
Solo ahora, triste y solo; del amor todo perdido
y lamiendo las heridas con hedores sepulcrales.
¡Cómo choca en los cristales
su recuerdo con la lluvia, y el recuerdo del olvido,
parecido a aquel gemido
que produce el ruido sordo de estas lluvias invernales...