Extravagante
Poeta recién llegado
Cuando las bocas se funden,
tu aliento es punzante y dulce
como un rosal en la tormenta.
Y al vislumbrar tu luz callada,
bordo mis sueños en tu fuego,
que es clamor de tu alborada:
caricia ardiente de sosiego,
errante en cielo encendido.
A tu aliento me entrego,
con el cuerpo estremecido,
la mirada fascinada
y el corazón enloquecido.
Bebiendo de tu llamarada,
quiero escribirte un relicario
con la ceniza de mi alma,
lanzada al viento milenario.
Al abrazarte cada noche,
tu luz en calma se derrama,
y danza al viento tu centella,
y besa sombras del camino,
el aire a tus pies suspira.
Y al despuntar la luz temprana,
nuestra piel es áureo resplandor;
crisol de este amor sin tiempo,
alquimia viva de luz y ardor.
Somos cielo sin promesas:
el sentimiento que aflora,
un pulso eterno en la penumbra,
dos estrellas que se funden
en los ojos de la aurora,
en la huella ardiente que deslumbra;
y a la soledad devora.
tu aliento es punzante y dulce
como un rosal en la tormenta.
Y al vislumbrar tu luz callada,
bordo mis sueños en tu fuego,
que es clamor de tu alborada:
caricia ardiente de sosiego,
errante en cielo encendido.
A tu aliento me entrego,
con el cuerpo estremecido,
la mirada fascinada
y el corazón enloquecido.
Bebiendo de tu llamarada,
quiero escribirte un relicario
con la ceniza de mi alma,
lanzada al viento milenario.
Al abrazarte cada noche,
tu luz en calma se derrama,
y danza al viento tu centella,
y besa sombras del camino,
el aire a tus pies suspira.
Y al despuntar la luz temprana,
nuestra piel es áureo resplandor;
crisol de este amor sin tiempo,
alquimia viva de luz y ardor.
Somos cielo sin promesas:
el sentimiento que aflora,
un pulso eterno en la penumbra,
dos estrellas que se funden
en los ojos de la aurora,
en la huella ardiente que deslumbra;
y a la soledad devora.