Estoy aquí complacida viendo mi imagen
reflejarse tras la sombra de las copas verdes
de los sauces vivos que lloran
y que incrementan con su llanto
el nivel de las aguas rastrilladas
sobre el espejo del lago cristalino,
donde las ágiles medusas viajan y se mecen
al compás armonioso que va dando
cada centímetro del aire
con placentero vaivén.
Se ha acentuado el reflejo de esta quietud que me inspira.
Con los tallos de las begonias de anaranjado crisol,
escribo prosas, versos, rimas y poesías
a la nostalgia de un amor.
Se me fracciona el alma bajo los tonos obscuros
de las camelias dormidas;
una garúa frágil cae
mojando cada color de mi arcoíris de papel.
El frío, la niebla, las hojas secas al caer
y el viento huracanado silbando a mi oído,
son sonidos que sin duda me hacen estremecer
junto al crujir tenebroso que se les ha aunado
de las ramas de los cedros y los frondosos abedules
que ríen por el lamento
y lloran por el tormento
de los valles y montañas,
de los lirios y amapolas,
que sin pensar se han quedado
pernoctando en su querer.
Estoy aquí observando
desde el primer rayo de sol que se asomó con la aurora,
y que me diera en la cara a través del cristal de mi ventana
[incitándome a levantar,
hasta este cacho de luna que en la obscuridad de la noche
temeroso se asoma y me ayuda a reflexionar
Figuran constelaciones arriba del cielo inmenso,
y al ritmo de las tonadas de las ranas y los grillos
(sobre las hojas verdes, húmedas y anchas
flotando ligeramente sobre las aguas silenciosas
cual barcos de papel),
observo el rompecabezas que han formado las estrellas,
cada una desvelando
el futuro zodiacal y su certera proeza
Cada una relatando los cuentos de hadas
que hacen dormir a los niños y a las niñas
en las noches de tormenta;
cuando no hay nubes blancas desnudándose,
por la nostalgia de gruesas gotas de lluvia
transparentemente cayendo
sobre este ajeno paisaje
con la quinta sinfonía de violines imaginarios
escuchándose interpretar sobre cada hálito del viento
la maestría inspiradora del espíritu libre de Beethoven.
Y yo, estoy aquí
Pendiente de cada pensamiento;
atada a los eslabones
que con alegría llevan
las cadenas que esclavizan
a tanto amor clandestino;
dejando huella perenne
en cada línea de historia
marcada por el destino.
Escuchando en la obscuridad
el canto aquejumbrado que en murmullo se ha escapado
de la voz muda emitida desde el nido del búho;
divisando la colina gruesamente cubierta
por la humareda gris de la niebla
opacando sueños y fantasías,
viendo a la vida muerta
y dando muerte a la vida.
Está demasiado obscuro.
Son las horas tempranas de un nuevo amanecer.
Con seguridad, el sol arderá en llamas al perfilarse el amor,
y una nueva pieza clásica se escuchará absorta deslizarse
[en el horizonte del querer,
desde el piano que han formado
los dedos de las ramas finas de los pinos
interpretando a Richard Clayderman
y también a Rachmaninov
junto a melodías cantadas por girasoles tenores
a un amor complacido en los tonos tornasoles
de la ópera que flota entre las flores del vergel.