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Évano

Évano

Libre, sin dioses.
Érase una vez un hombre de una sola pierna gigante y cuerpo pequeño. De su cabeza apepinada y diminuta colgaba una nariz enorme y alargada. Los ojos a penas se advertían y de sus brazos brotaban unas manos inmensas que llegaban hasta la rodilla.

A la sombra de un cactus de tres ramas, al sol del mediodía, bajo un cielo azul de nubes despeinadas,
sentado y desnudo, meditaba sobre una piedra de color verde oliva un unipierna cabizbajo que miraba la arena que pisaba su enorme pie.

—¡Hola, extraño señor! —le saludé con mi cuello en alto— Parece triste —le dije, mas su boca no contestaba, seguía meditando, como en otro mundo.

Se levantó (comprobé su altura de tres hombres) y con largos saltos se fue alejando. Intenté seguir las enormes zancadas, huellas profundas en las dunas aplastando a millones y millones de granos de arena.

Los rayos de sol, o flechas agujereando mi cuerpo, evaporaban la poca agua que guardaban con celo los millones y millones de células de mi yo.

La carrera se fue ralentizando; la vista decayendo en espejismos de cuervos revoloteando el espacio, hasta que por fin las piernas se negaron a caminar. Sobre una huella yacía mi vida. Los sueños degeneraban en pesadillas. Ya a punto de morir, el hombre gigante unipierna, me acurrucó en sus manos enormes y, como enorme canguro de zancanda tremenda, me llevó consigo.

—¿Por qué me habéis seguido? —me preguntó con voz fina y pausada.

—Yo sólo soy uno —dije estúpidamente, pues supe al momento que me hablaba de usted—. Yo andaba perdido, quizás en mí mismo; sólo buscaba la compañía de un amigo. Perdóneme si le he molestado.

Me observó curioso y, sin decirme palabra, me dijo:

—Lejos ha venido a buscar a un amigo.

Luego se fue, quedándome solo, quedándome yo dentro de una cueva de una garganta de montaña que, junto con otras, cercaban al desierto olvidado.

Paseé la cueva. Mientras caminaba por ella se transformaba en el palacio más bonito que yo había visto jamás. Miles de flores talladas en piedra esmeralda escalaban cientos de columnas de blancos marmóreos que mantenían las bóvedas de un techo catedralítico y rojo, de firme belleza sin igual. Azucenas azules, tulipanes verdes, margaritas granates y rosas negras y lilas y claveles ascendían en espirales entre medio de ninfas que bailaban desnudas y descalzas. Plata y oro dibujaban estrellas, dibujaban planetas, dibujaban la Tierra en baldosas de un mármol tan oscuro y etéreo como el universo que vemos. Millones de velas, en pétalos de seda de colores infinitos, pululaban por el aire con el aroma que incienso y canela llenaban. En las esquinas de tan bello palacio, aguas de diamantes emanaban de hontanares de cristal que brotaban de las paredes e iban a parar a medias esferas de piedras repletas de aguas de colores de mercurios que brillaban como pequeños soles amarillos.

Corrí los pasillos con los brazos abiertos y, como pájaro que rasa los cielos, bebí el agua de todas fuentes. El unipierna avanzaba brincando con una cesta de frutas. De ellas comí, sentado en el centro de tan bello palacio; tumbado entre constelaciones que no recordaba. Le pregunté:

—¿Cómo te llamas, perdón, cómo se llama usted?

—Évano —respondió—, pero con uve —me contestó.

Se marchó y volvió con un libro de tapas de madera labrada en ébano de cerezas. El ser, se titulaba. Firmaba en azul un Évano sin b.

Abrí al azar una página y leí sus letras de contornos arabescos:

La función del verdadero escritor no es el de conseguir metal, sino la posibilidad de transmitirl misericordia y sabiduría. Con ella toda vida se limpia de las inmundicias, a todos los niveles, y el hombre siente su entorno y así mismo con una mayor percepción de lo real, lo cual da una acción más efectiva dentro de la Leyes de la Naturaleza.

El escritor debe encarrilar al lector hacia el Trabajo Interno, hacia la Verdadera Realidad de las cosas, a forjar la base sólida de la Roca del Espíritu, a la transformación de los programas humanos con las cargas intelectuales de la Verdadera Sabiduría. Todo ello encaminado a la realización de cada Ser.

Mi rostro se asombró.

—Lléveselo —me dijo—, ya iré yo a buscarlo algún día.

—¿Y cómo me voy? —pregunté.

—Ahora duerma —dijo.

Y ahora estoy en mi casa, en mi mundo, lejos de ese desierto olvidado, recordando a mi amigo unipierna y con su libro para leer, para aprender a ser yo.



















 
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Évano;4559937 dijo:
Érase una vez un hombre de sola pierna gigante y cuerpo pequeño. De su cabeza apepinada y diminuta colgaba una nariz enorme, fina y muy alargada. Los ojos a peñas se advertían en la altura y de sus brazos brotaban unas manos inmensas que llegaban hasta la rodilla.

Sentado y desnudo, meditaba sobre una piedra de verde oliva de un desierto olvidado, a la sombra de un cactus de tres ramas y al sol del mediodía, bajo un cielo azul despejado. El unipierna, cabizbajo, miraba al suelo que pisaba su enorme pie. Hola, extraño señor, le dije con mi cuello girado en alto, pero callaba. ¿Pareces triste?, le pregunté, mas su boca no contestaba, seguía meditando, como en otro mundo. Se levantó (comprobé su altura de tres hombres) y con largos saltos se fue alejando. Intenté seguir las enormes zancadas que buscaban la línea del horizonte y que dejaban una línea intermitente de huellas profundas en la tierra blanda, casi del tamaño de una persona mediana.

Los rayos de sol eran flechas agujereando mi cuerpo, por donde brotaba en sudor la poca agua que aún reservaba. Mis carrera se fue ralentizando; la vista decayendo en espejismos de cuervos revoloteando mi espacio, hasta que por fin mis piernas se negaron a seguir caminando. Sobre una huella yacía la vida que se me escapaba. Luego, los sueños degeneraban en pesadillas; y cuando ya fallecía, el hombre gigante de sola pierna, me acurrucó en sus manos gigantes y, como enorme canguro de zancanda tremenda, me llevó hasta su casa.

¿Por qué me habéis seguido?, me preguntó con voz fina y pausada. Yo sólo soy uno, dije estúpidamente, pues supe al momento que me hablaba de usted. Yo andaba perdido, quizás en mí mismo; sólo buscaba la compañía de un amigo. Perdóneme, si alguna molestia yo le causé. Me observó curioso y sin decirme palabra por la puerta salió, y desde allí me gritó: lejos has venido a buscar a un amigo. Quedándome solo, quedándome yo, dentro de una cueva de una garganta de una montaña, que junto con otras, cercaban al desierto olvidado.

Mas bien parecía el palacio más bonito que yo había visto. Las flores talladas, en piedra esmeralda, escalaban las cientos de columnas, de blanco marmóreo, que mantenían las bóvedas de techo catedralítico y rojo, y de firme belleza. Habían azucenas azules,tulipanes verdes, margaritas granates y rosas negras y lilas y claveles y mirra; ascendían en espirales, para que unas ninfas de la natura las oliesen y bailasen. Plata y oro dibujaban estrellas, dibujaban planetas, dibujaban la Tierra en baldosas de un mármol tan oscuro y etéreo como el universo que vemos. Millones de velas, en hojas de seda de colores infinitos, pululaban el aire que el aroma de incienso y canela llenaban. En las esquinas de tan bello palacio, fuentes de cristales de diamantes, donde el agua relucía, sostenían esferas de mercurios que brillaban como pequeños soles amarillos.

Corrí los pasillos, con los brazos abiertos, e imitando a los pájaros que rasan los cielos y bebí el agua de todas fuentes. El Gigante unipierna brincando avanzaba con una cesta de frutas. De ellas comí sentado en el centro de tan bello palacio; tumbado entre constelaciones que no recordaba; y luego pregunté: ¿Cómo te llamas, perdón, cómo se llama usted? Évano, respondió, pero no con b. Bonito nombre, repliqué, y tras dar unas gracias sinceras se marchó, para volver enseguida con un libro de tapas de madera tallada en ébano cereza donde las letras eran doradas. El ser, se titulaba, y abajo firmaba en plata un Évano sin b. Es él, me confirmé.

Abrí al azar una página, y leí sus letras de piedra filosofal, que así decía:

El sentimiento del verdadero alquimista no es el de conseguir el oro metal, sino la posibilidad de recibir la Misericordia de la Medicina Universal. Con ella toda vida se limpia de las inmundicias a todos los niveles y el hombre siente su entorno y así mismo con una mayor percepción y Sabiduría, lo cual da una acción mas efectiva dentro de la Leyes de la Naturaleza.

La consecuencia es el Trabajo Interno donde la Verdadera Realidad de las cosas son sustentadas por una base sólida en la Roca del Espíritu, ganada a través de la transformación de los programas humanos y las cargas intelectuales en Verdadera Sabiduría, a través de la realización del Ser en el Alquimista.

Me asombré de tan profundo decir y se ve que mi rostro lo reflejó, por lo que el ahora mi amigo Évano me lo prestó. Lléveselo, me dijo, ya iré yo a buscarlo algún día, por lo tanto, adiós. ¿Y cómo me voy, pregunté? Ahora duerma, ya lo haré yo.

Y ahora estoy en mi casa, en mi mundo, lejos o no, de ese desierto olvidado, pero recordando a mi amigo unipierna y con su libro para leer. Adiós.

Señor Évano
He disfrutado de principio a fin su narrativa. El protagonista retorna desde el mundo de los sueños con un libro de enseñanzas del Unipierna sostenido entre las manos. Comulgo con la idea de que la verdadera alquimia es la que busca la transformación interior y ese trabajo sobre el Ser requiere de la ayuda de la Misericordia universal que es la que posibilita la liberación de la esencia y el tacto de la Verdadera Sabiduría.
Mis felicitaciones, realmente ha sido enriquecedor leerle.
Estrellas y un abrazo con fraternal afecto.
Ana
 
Las buenas amistades bien valen la búsqueda y el encuentro, solo hay que tener una buena corazonada o una mirada aguzada para encontrarles y quizá encontremos un unipierna sabio, afectuoso y generoso como el Señor Evano no con b, El relato me encanto ya va contando la historia de tan singular personaje.
Un abrazo enorme de inicio de semana!!
 
como cada personaje irreal de nuestras vidas
formamos un vinculo tan real en nuestras letras
con nuestra persona que somos un resumen
poco apreciable a los ideales,
abrazos y kikos
Denn
 
Muchas gracias, señora Ana, por su pasar lindo y por su trocito de tiempo dorado dejado aquí.

Debo pedirle perdón, pues no me acordé de acotar esas frases que usted marca en azul, ya que no son mías. Ya subsané el error, marcando las frases y la explicación.

Se la saluda afectuosamente y se le desea una semana genial.
 
Última edición:
Un relato muy enriquecedor amigo querido,
una forma maravillosa de hablarnos
sobre esa búsqueda interior que algunos
toman como la verdadera razón de su existir.
Un abrazo, me ha sido muy grato leerte.
 
señor Evano, usted tien mucha creatividad, me sumergí en su castillo...
era de no querer salir, de ahí...
y su amigo, maravilloso, el perfil de una persona grande, con fuerza quiza, dado el tamaño
pero de un corazon tan hermoso, y accesible...

un encanto de lectura, muy amena.

un abrazo
 

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