La Corporación
Poeta veterano
Desde el Evaristo Corumelo,
Voy a escribir sobre algo que no recuerdo pero que me pasó una noche en el desierto de Galahoria. Las imágenes se revelan imparables entre los hielos que habitan un ron agradecido, el que acaba de servirme la Negra mientras emborrono estos folios e intentan medrar en mi piel como los primeros pelos del pubis, aquellos que avisan cambios profundos en el animal bípedo . Mi amigo Renato me recuerda, entre trago y trago, que hubo un famoso ginecólogo, en aquellos días de Irak, que por el pelo púbico declaraba conocer a la persona dueña del matorral y que no era tanto por el color o el ángulo del rizo como por el olor; lo que llevó a un famoso motín a la mayor parte de los machos no emplumados de Babilonia. Quizás tuvo que mediar hasta el mismísimo Alejandro el Grande en esta disputa. Nosotros nos quedamos pensando en los jardines colgantes y en esas fantásticas caderas que pueblan los cuentos de las mil y una noche.
Volviendo al asunto que nos trae. Sonaban insistentemente aquella noche los tambores, té verde refrescaba nuestras ansias, la arena del desierto tenía un sabor a canela e hipnosis como los azules velos de los tuareg. Creo recordar que había una luna llena que se reflejaba melosa entre los pechos de aquellas bailarinas o quizás fueran sus pezones, ya no podría asegurarlo.
Sin embargo lo más interesante eran aquellos alacranes color azul. En sus pinzas guardaban unas pequeñas vesículas con una esencia licorosa capaz de perfumar las comidas orientales con ese aroma que las caracteriza. La receta prometí no darla, quien quiera puede venir a Costa Rica y catar. Han sido ya varias las burbujas que han llegado y nunca se fueron defraudaras de nuestros s desiertos.
Contaros como anécdota que los alacranes revelan todo su sabor, una vez neutralizado el aguijón, cuando sus pinzas agarran el pezón de una tuareg de quince años. Si la muchacha llega a estar preñada la pinza del escorpión adquiere entonces un sabor tan especial que se cotiza mejor que un barril de petróleo, pues con sólo pasar un aire de este apéndice sobre el cuscús la sémola adquiere unos aromas indescriptibles. Puede perfumar hasta 300 onzas y permite que el macho pueda cumplir varias veces sus deberes conyugales; pero esto no lo puedo asegurar.
El gran Caréeme desconocía tales complementos y nos los pudo documentar en su famosa obra sobre guisos y potajes. Sí parece que el nuevo gran maestro de la cocina, Adriá, ha vuelto los ojos sobre estas rarezas. Sinceramente no sabemos si esto va a terminar con el hundimiento de la Viagra. Yo, por si acaso, me quedo con el calor de Sawandala, hija del jefe Tuareg, que entre luna y luna me dictaba la receta.
san armilo b.
Voy a escribir sobre algo que no recuerdo pero que me pasó una noche en el desierto de Galahoria. Las imágenes se revelan imparables entre los hielos que habitan un ron agradecido, el que acaba de servirme la Negra mientras emborrono estos folios e intentan medrar en mi piel como los primeros pelos del pubis, aquellos que avisan cambios profundos en el animal bípedo . Mi amigo Renato me recuerda, entre trago y trago, que hubo un famoso ginecólogo, en aquellos días de Irak, que por el pelo púbico declaraba conocer a la persona dueña del matorral y que no era tanto por el color o el ángulo del rizo como por el olor; lo que llevó a un famoso motín a la mayor parte de los machos no emplumados de Babilonia. Quizás tuvo que mediar hasta el mismísimo Alejandro el Grande en esta disputa. Nosotros nos quedamos pensando en los jardines colgantes y en esas fantásticas caderas que pueblan los cuentos de las mil y una noche.
Volviendo al asunto que nos trae. Sonaban insistentemente aquella noche los tambores, té verde refrescaba nuestras ansias, la arena del desierto tenía un sabor a canela e hipnosis como los azules velos de los tuareg. Creo recordar que había una luna llena que se reflejaba melosa entre los pechos de aquellas bailarinas o quizás fueran sus pezones, ya no podría asegurarlo.
Sin embargo lo más interesante eran aquellos alacranes color azul. En sus pinzas guardaban unas pequeñas vesículas con una esencia licorosa capaz de perfumar las comidas orientales con ese aroma que las caracteriza. La receta prometí no darla, quien quiera puede venir a Costa Rica y catar. Han sido ya varias las burbujas que han llegado y nunca se fueron defraudaras de nuestros s desiertos.
Contaros como anécdota que los alacranes revelan todo su sabor, una vez neutralizado el aguijón, cuando sus pinzas agarran el pezón de una tuareg de quince años. Si la muchacha llega a estar preñada la pinza del escorpión adquiere entonces un sabor tan especial que se cotiza mejor que un barril de petróleo, pues con sólo pasar un aire de este apéndice sobre el cuscús la sémola adquiere unos aromas indescriptibles. Puede perfumar hasta 300 onzas y permite que el macho pueda cumplir varias veces sus deberes conyugales; pero esto no lo puedo asegurar.
El gran Caréeme desconocía tales complementos y nos los pudo documentar en su famosa obra sobre guisos y potajes. Sí parece que el nuevo gran maestro de la cocina, Adriá, ha vuelto los ojos sobre estas rarezas. Sinceramente no sabemos si esto va a terminar con el hundimiento de la Viagra. Yo, por si acaso, me quedo con el calor de Sawandala, hija del jefe Tuareg, que entre luna y luna me dictaba la receta.
san armilo b.
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