EL FIN DEL DARWINISMO
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¿Cuál es la situación ahora? De
desmoronamiento del viejo paradigma.
Frente al darwinismo nunca ha dejado de haber objeciones. Las más perseverantes y sólidas han sido las relativas al gradualismo (no se encuentran eslabones perdidos en el registro fósil), las mutaciones al azar y la capacidad de la selección natural para producir el aislamiento reproductor que hace falta para producir una nueva especie a partir de otra. Teniendo en cuenta estas variables,
Stephen J. Gould plantea ocho perspectivas de la evolución, es decir, las posibles combinaciones teniendo en cuenta el modo de cambio (debida al medio ambiente o a factores internos), la dirección (al azar o finalista) y el tiempo (gradual o a saltos). Llegó a formular una teoría (la llamada, de los “equilibrios puntuados” o puntuacionista) que es opuesta al darwinismo en algunos planteamientos, aunque admite la selección natural como motor principal.
Tras la segunda mitad del siglo XX surgen teorías que van en contra de algunos de los postulados del neodarwinismo. Pero las objeciones más fuertes provienen de manos de filósofos de la ciencia y del avance de materias como la Genética, la Embriología y la Bioquímica.
Karl Popper, uno de los más prestigiosos filósofos de la ciencia del siglo XX sostuvo que el darwinismo tiene un carácter tautológico (“los que sobreviven son los más aptos” es un pensamiento circular), y por tanto, como toda teoría tautológica, tiene un poder explicativo prácticamente nulo. No es posible contrastar la hipótesis. No es una verdadera teoría científica. Para que llegase a serlo (con posibilidad de contrastar falsadores, es decir, conocer e identificar lo falso) tendría que reformularse de nuevo. Para ello, Popper sugirió una serie de cambios que obligarían a admitir que la selección natural no siempre sería el motor de la evolución, puesto que los seres manifiestan también voluntad de acomodar el entorno a sus necesidades.
Lynn Margulis, destacada microbióloga, ha llegado a postular, tras sus trabajos con bacterias y otros organismos unicelulares, que los mayores niveles de complicación en la organización celular se deben a procesos de simbiosis, y que esta integración de los contenidos genéticos de una especie en otra, es el principal motor de la evolución, independiente de la selección natural.
Los avances en genómica han supuesto una auténtica revolución. os caracteres no están controlados sólo por genes.
No es cierto lo de “un gen, un carácter”. Por lo tanto, la alteración de la frecuencia génica no es la “materia prima” sobre la que trabaje la selección natural. Los
genes están controlados por otros genes y por varios niveles de regulación por multitud de proteínas. Influye también la célula en la que se encuentre el gen, el momento de desarrollo y determinadas condiciones ambientales del interior celular. Existen genes móviles denominados
transposones, que se trasladan de unas partes a otras del genoma, largas cadenas aparentemente inertes, llamadas
intrones. Incluso se han identificado múltiples
secuencias de ADN bacteriano (muchas más de doscientas en el genoma humano) y
retrovirus insertos en los cromosomas, responsables de la codificación de proteínas. Además, se han descubierto los llamados
genes Hox, que controlan el desarrollo morfológico en la embriogénesis, y que se encuentran en todos los grandes grupos.
En definitiva, parece que la genética, que a principios del siglo XX dio aire al neodarwinismo al proporcionar la “materia prima” para que opere la selección natural, avanza en el sentido contrario:
podrían darse cambios en los caracteres del individuo sin que intervenga la selección natural, sino procesos estrictamente internos.
Otro de los grandes puntos débiles que se está encontrando en la teoría sintética de la evolución es con respecto a su falta de correspondencia con principios de la física moderna.
D’Arcy Thompson puso de relieve cómo muchos aspectos del crecimiento y de la forma de los seres vivos de deben exclusivamente al cumplimiento de leyes físicas. Por otro lado, según se está mostrando con las investigaciones sobre los sistemas complejos, estos tienden al orden de manera natural, por una suerte de leyes innatas del sistema. Las consecuencias en biología son evidentes, tanto en el origen de los primeros agregados biológicos como en la organización de los sistemas biológicos. Biólogos como
Kauffman están estudiando cómo los ecosistemas y los organismos son sistemas complejos y se ordenan de forman natural. En ambos casos, independientemente de la selección natural.
El asunto del azar también es discutido a la luz de la física. Los procesos vitales se comportan de manera cuántica; es decir, se van autoorganizando en niveles superiores que sólo tienen sentido teniendo en cuenta los inferiores. Ejemplo: formación de células eucariotas partiendo de bacterias, la formación de tejidos desde células, etc. Todo esto plantea una dirección (ausencia de azar). También están las nociones finalistas derivadas de la física relativista: el tiempo es una dimensión extendida, como el espacio. Los hechos actuales dependen del tiempo pasado y del tiempo futuro. Por lo tanto la evolución de los seres vivos no es un proceso al azar.
Con todo, se está empezando a hablar de
la evolución a dos niveles: macroevolución, o formación de los grandes grupos de seres vivos, y
microevolución, o pequeñas adaptaciones específicas a determinadas variaciones ambientales. Se está postulando que en el seno de cada uno de los Filum (divisiones de los seres vivos en grandes grupos: artrópodos, gusanos, cordados, etc) puede existir una especie de programa interno de macroevolución, de tal manera que estos se irían
desarrollando a lo largo del tiempo de acuerdo con este programa interno, independientemente de la selección natural.
Por último, dentro de estas breves menciones de planteamientos alternativos al darwinismo (no están todos, ni mucho menos), no puede dejarse de lado el resurgimiento de la teoría de los caracteres adquiridos del biólogo francés
Lamarck, y principal oponente de Darwin. Estudios recientes en inmunología ante enfermedades y en la resistencia a los plaguicidas por parte de plagas, están haciendo desempolvar esta teoría, mediante la cual los caracteres se van adquiriendo mediante el uso.
Lo cierto es que está surgiendo una “tercera vía” poderosa en el ámbito del conocimiento de la evolución biológica. Los darwinistas ortodoxos y acérrimos siguen planteando el discurso en los términos de neodarwinismo o creacionismo (que dicho sea de paso, también está renaciendo sorprendentemente: los que siguen al pie de la letra los primeros versículos del
Génesis crecen como la espuma). Pero la realidad va por otros derroteros y ya se habla de reconocer que la Naturaleza está construida de modo inteligente sin necesidad de recurrir al creacionismo forzoso.
Honestamente, no creo que estemos frente al fin del darwinismo como teoría científica, la cual tiene aspectos plausibles a determinadas escalas de la ecología de poblaciones. Sin embargo, ya no puede seguir estableciéndose la idea de que la evolución de los seres vivos, como concepto, es sinónimo de darwinismo, neodarwinismo o teoría sintética de la evolución.
Tomando los conceptos desarrollados por
Kuhn, otro filósofo de la ciencia, el viejo paradigma que acoge al neodarwinismo queda obsoleto y hay cambiarlo por un nuevo paradigma: una nueva revolución científica.
En el fondo, todo el debate se centra entre la
concepción de un mundo materialista y la concepción de un mundo no exclusivamente materialista.