Raamses
Poeta asiduo al portal
No temes devorarte,
temes envenenarte,
de lo huesudo de tus brazos,
de la flacidez de tus piernas
y de la ausencia de tu mirada insana.
Dentro de tus bolsillos retoñan alfileres,
ansiosos de encajarte la piel a un recuerdo,
bajo unos ojos atascados en una tormenta,
dulce ventisca tocando tierras lejanas.
Encarnas en tu balcón de consejos y envidias,
la melodía arma susurros al anochecer,
de tus cuencas cuelgan dos hilos húmedos
y de ellos penden dos agujas apuntando
a tu cerrado corazón,
escuchas las notas opacas y te apuñalas
aciertas tan furtivamente pero no es suficiente,
jamás se rasga el témpano herido del horizonte
llevándose sonrisas y aplastando esperanzas
no basta con destruirse y sentir placer.
Te clavaste dos cuchillos entre los codos,
alargaste tu paladar con ganchos afilados,
aplacaste a tu caminar con dos mazos,
diviertes a tu columna con felices inyectadotas.
Te aventaste de tu balcón adornado,
odiando a un mundo que te devuelve el odio,
vas rápidamente cayendo dentro de ti
salvándote de la salvación,
hiriéndote de lo hiriente.
Pusiste tu alma en un papiro,
borraste las partes que le hacían feliz,
lanzaste vomito donde decía que había sangre,
cambiaste cumplidos por blasfemias
para que la carne de tu rostro brillase,
no más penas de ti aunque te tatúen el sendero
y no más culpas para alegrar a los latigazos.
Vendiste tu compresión a la ironía,
en las sombras se decide tu futuro,
es pesado el infierno que te posee
por eso es preciso sangrarlo,
es necesario ahorcar al virus de tu desdicha
y si el huésped ya hizo doloroso hogar en ti
tírate con él a las llamas del no infierno.
Entre de tus piernas había un dolor atroz
y sólo un dolor mayor lo calmó,
te subía por el abdomen hasta estallar
era imposible respirar, era fácil dormir
era incluso suave yacer, no existir.
Fue entonces cuándo te aventaste de tí,
el mundo no estaba torcido, tú estabas muy averiada,
asfixiándote internamente
floreciendo con espinas
y acariciándote hemorrágicamente.
Eres la dueña del viento,
caes tan aprisa, ya no tienes cuerpo,
se te notan los castigos que llevabas por dentro
y lo flagelante que eran.
Tarareas tu felicidad mientras levitas,
te cosquillea la brisa en las heridas,
sucumbes en libertad de tu prisión,
vuélvete ave en un recuerdo
subiendo más y más para más nunca regresar
antes de caer ya no había dolor.
Te lanzaste de tan alto,
estabas tan segura o te dolía tanto,
tu cuerpo había ensuciado el suelo
pero tu alma libre había adornado el cielo
escapando a la constelación más hermosa.
temes envenenarte,
de lo huesudo de tus brazos,
de la flacidez de tus piernas
y de la ausencia de tu mirada insana.
Dentro de tus bolsillos retoñan alfileres,
ansiosos de encajarte la piel a un recuerdo,
bajo unos ojos atascados en una tormenta,
dulce ventisca tocando tierras lejanas.
Encarnas en tu balcón de consejos y envidias,
la melodía arma susurros al anochecer,
de tus cuencas cuelgan dos hilos húmedos
y de ellos penden dos agujas apuntando
a tu cerrado corazón,
escuchas las notas opacas y te apuñalas
aciertas tan furtivamente pero no es suficiente,
jamás se rasga el témpano herido del horizonte
llevándose sonrisas y aplastando esperanzas
no basta con destruirse y sentir placer.
Te clavaste dos cuchillos entre los codos,
alargaste tu paladar con ganchos afilados,
aplacaste a tu caminar con dos mazos,
diviertes a tu columna con felices inyectadotas.
Te aventaste de tu balcón adornado,
odiando a un mundo que te devuelve el odio,
vas rápidamente cayendo dentro de ti
salvándote de la salvación,
hiriéndote de lo hiriente.
Pusiste tu alma en un papiro,
borraste las partes que le hacían feliz,
lanzaste vomito donde decía que había sangre,
cambiaste cumplidos por blasfemias
para que la carne de tu rostro brillase,
no más penas de ti aunque te tatúen el sendero
y no más culpas para alegrar a los latigazos.
Vendiste tu compresión a la ironía,
en las sombras se decide tu futuro,
es pesado el infierno que te posee
por eso es preciso sangrarlo,
es necesario ahorcar al virus de tu desdicha
y si el huésped ya hizo doloroso hogar en ti
tírate con él a las llamas del no infierno.
Entre de tus piernas había un dolor atroz
y sólo un dolor mayor lo calmó,
te subía por el abdomen hasta estallar
era imposible respirar, era fácil dormir
era incluso suave yacer, no existir.
Fue entonces cuándo te aventaste de tí,
el mundo no estaba torcido, tú estabas muy averiada,
asfixiándote internamente
floreciendo con espinas
y acariciándote hemorrágicamente.
Eres la dueña del viento,
caes tan aprisa, ya no tienes cuerpo,
se te notan los castigos que llevabas por dentro
y lo flagelante que eran.
Tarareas tu felicidad mientras levitas,
te cosquillea la brisa en las heridas,
sucumbes en libertad de tu prisión,
vuélvete ave en un recuerdo
subiendo más y más para más nunca regresar
antes de caer ya no había dolor.
Te lanzaste de tan alto,
estabas tan segura o te dolía tanto,
tu cuerpo había ensuciado el suelo
pero tu alma libre había adornado el cielo
escapando a la constelación más hermosa.