Este sosiego que me escala el pecho
pronto queda embaucado
por una rabieta de niño
mandado a la cama
sin la golosina prometida;
se contagia de trémula
ansia nocturna y noctámbula;
se deja guiñar el ojo
por prostitutas de esquina,
maleantes que ofrecen licor
a labios vírgenes, frondosos
de padrenuestros y ángeldelaguardas.
Ya se encabrita, se aloca,
como potro en inmenso llano;
me salpica de sudor,
de flagrantes remolinos;
«No queda de otra...»
Lámpara y hoja
acogen indiferentes el chorro
de palabras que me estrujo.
«No me crea impertinente,
amigo lector,
no se pudo evitar.»
Última edición: