Erase una cálida noche de verano. El hombre observaba a esa hermosa y extraña mujer. Ella se encontraba cerca de la higuera. La postura de loto, los ojos cerrados, la brisa tibia que entre tanto izaba sus cabellos rizados... Erase una noche en calma y en la bóveda celeste el cintilar de las estrellas por regalo. El observador cautivado ante el tono de la tez, tan desenfrenadamente morena, que incluso expelía un aroma a canela.
Súbitamente el aura resplandeciente de ella, el cuerpo levitando entre el espacio noctámbulo, la luz enceguecedora y tan sólo unas briznas de tul rozando la vastedad de sus caderas, en picada hacia el suelo... Al recuperar la visión, ella se había marchado. Sin embargo, aún atónito por el espectáculo, él descubría que permanecía depositado un extracto de ese tul sobre las raíces del árbol...
Súbitamente el aura resplandeciente de ella, el cuerpo levitando entre el espacio noctámbulo, la luz enceguecedora y tan sólo unas briznas de tul rozando la vastedad de sus caderas, en picada hacia el suelo... Al recuperar la visión, ella se había marchado. Sin embargo, aún atónito por el espectáculo, él descubría que permanecía depositado un extracto de ese tul sobre las raíces del árbol...
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