Fiebre

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FIEBRE



Detrás de las altas fiebres

el silencio.

Oprimido en el estrecho margen que me deja

el formato DINA4 a su derecha,

contemplo horrorizado cómo símbolos,

letras sin sentido, van sembrando de negro vacío

la blanca superficie del papel.

Grito mi angustia desde la delgada línea

que, invisible, delimita mi espacio menguante,

pero sólo logro ahuyentar los insectos nocturnos

que a mi alrededor revolotean:

trasunto de carroñeros en espera de un cadáver.




Apenas si el pliego cuajado de pequeñas manchas oscuras distribuídas en un bellísimo caos, que me recordaban (si es que algún recuerdo podía ser identificable en ese mi desatinado ascenso a la inmortalidad) alguna de las pinturas-poemas de Henri Michaux, prolegómeno de mi definitiva caída hacia el Gran Abismo, a cuyo final yo no esperaba en modo alguno que la escasa energía que me habita se transforme en alharaca artificial de fallas valencianas, pues ya ninguno de mis terribles alaridos consiguen causar la mínima vibración en aquellas minúsculas y serpenteantes explosiones en el blanco pliego, que son la expresión una inalcanzable grandeza de pensamiento.
Henri-Michaux-_SansTitre_-196045x32-cm.jpg


Me aferro al vítreo rascacielos que asciende

perforando los hímenes de los cielos,

que aúllan como bestias en el fragor del martirio

y derraman su hedor sobre los ángeles que duermen.

Supongo que estoy enfermo,

que detrás de mi delirio está el sueño,

el pacífico sueño de la nube donde yazgo.

Me alejo, me alejo de esas praderas amenas,

de las casas encaladas y los trigos que se cimbrean.

En el trágico torbellino que me arrastra

apenas el murmullo de un arroyo me trae un poco de paz.

Pero el continuo tableteo de las letras invasoras

golpea mi cerebro como planetas que estallan,

dejandome allí incrustadas pústulas de plomo.



En mi vertiginosa ascensión hacia ese supuesto, impreciso y turbulento paraíso,
alcanzo a ver, como un fulgurante destello diamantino, tal vez proviniente de algún suntuoso salón de los ricoshombres que habitan el rascacielos que me eleva, una primorosa reproducción, hecha en un minucioso petit-point, del “Grand verre”, de Marcel Duchamp, “La Mariée mise à nu par ses célibataires, même”, tejido en gran formato en los talleres de Manualidades para la Mujer, del Colegio de las Reverendas Reparadoras del Santo Oficio, obra de reconocida fama entre los intelectuales y expertos en Arte.


Asciendo asido torpemente a este inmundo rompecielos

asciendo al séptimo infierno en la dolorosa inversión

que me produce el espejo.

Oigo como burbujea, hirviente, mi cerebro,

cómo sobre el tenue bisbiseo de los trigos

agitados por el viento

se imponen otros silencios.

Es la fiebre en la que ardo, es la fiebre.

Y después de esa alta fiebre llegará por fin

el silencio.

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Última edición:
Muchas gracias, ladulcec, querida compañera. Por acompañarme en estos versos que, a pesar de las apariencias, no nacieron del sufrimiento y el dolor. Aunque lo surreal, lo que alberga el susbconsciente, da para todo. Ha sido un placer recibir tu visita.
miguel
 
Hola, Ropitella, querida amiga. Muchas gracias por tu emocionante comentario, por ese halagador piropo a mis letras. Este foro y sus componentes merecen lo mejor de nuestras "cosechas". Sería un desaire no compartirlo. Guardo tus cálidos abrabesos en mi alma con todo mi agradecimiento.
miguel
 
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Detrás de las altas fiebres

el silencio.

Oprimido en el estrecho margen que me deja

el formato DINA4 a su derecha,

contemplo horrorizado cómo símbolos,

letras sin sentido, van sembrando de negro vacío

la blanca superficie del papel.

Grito mi angustia desde la delgada línea

que, invisible, delimita mi espacio menguante,

pero sólo logro ahuyentar los insectos nocturnos

que a mi alrededor revolotean:

trasunto de carroñeros en espera de un cadáver.




Apenas si el pliego cuajado de pequeñas manchas oscuras distribuídas en un bellísimo caos, que me recordaban (si es que algún recuerdo podía ser identificable en ese mi desatinado ascenso a la inmortalidad) alguna de las pinturas-poemas de Henri Michaux, prolegómeno de mi definitiva caída hacia el Gran Abismo, a cuyo final yo no esperaba en modo alguno que la escasa energía que me habita se transforme en alharaca artificial de fallas valencianas, pues ya ninguno de mis terribles alaridos consiguen causar la mínima vibración en aquellas minúsculas y serpenteantes explosiones en el blanco pliego, que son la expresión una inalcanzable grandeza de pensamiento.
Henri-Michaux-_SansTitre_-196045x32-cm.jpg


Me aferro al vítreo rascacielos que asciende

perforando los hímenes de los cielos,

que aúllan como bestias en el fragor del martirio

y derraman su hedor sobre los ángeles que duermen.

Supongo que estoy enfermo,

que detrás de mi delirio está el sueño,

el pacífico sueño de la nube donde yazgo.

Me alejo, me alejo de esas praderas amenas,

de las casas encaladas y los trigos que se cimbrean.

En el trágico torbellino que me arrastra

apenas el murmullo de un arroyo me trae un poco de paz.

Pero el continuo tableteo de las letras invasoras

golpea mi cerebro como planetas que estallan,

dejandome allí incrustadas pústulas de plomo.



En mi vertiginosa ascensión hacia ese supuesto, impreciso y turbulento paraíso,
alcanzo a ver, como un fulgurante destello diamantino, tal vez proviniente de algún suntuoso salón de los ricoshombres que habitan el rascacielos que me eleva, una primorosa reproducción, hecha en un minucioso petit-point, del “Grand verre”, de Marcel Duchamp, “La Mariée mise à nu par ses célibataires, même”, tejido en gran formato en los talleres de Manualidades para la Mujer, del Colegio de las Reverendas Reparadoras del Santo Oficio, obra de reconocida fama entre los intelectuales y expertos en Arte.


Asciendo asido torpemente a este inmundo rompecielos

asciendo al séptimo infierno en la dolorosa inversión

que me produce el espejo.

Oigo como burbujea, hirviente, mi cerebro,

cómo sobre el tenue bisbiseo de los trigos

agitados por el viento

se imponen otros silencios.

Es la fiebre en la que ardo, es la fiebre.

Y después de esa alta fiebre llegará por fin

el silencio.

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Tremendo paseo por la inspiración que es una maravilla y es un placer leer... enhorabuena amigo, un saludo, que vaya todo muy bien.
 
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Detrás de las altas fiebres

el silencio.

Oprimido en el estrecho margen que me deja

el formato DINA4 a su derecha,

contemplo horrorizado cómo símbolos,

letras sin sentido, van sembrando de negro vacío

la blanca superficie del papel.

Grito mi angustia desde la delgada línea

que, invisible, delimita mi espacio menguante,

pero sólo logro ahuyentar los insectos nocturnos

que a mi alrededor revolotean:

trasunto de carroñeros en espera de un cadáver.




Apenas si el pliego cuajado de pequeñas manchas oscuras distribuídas en un bellísimo caos, que me recordaban (si es que algún recuerdo podía ser identificable en ese mi desatinado ascenso a la inmortalidad) alguna de las pinturas-poemas de Henri Michaux, prolegómeno de mi definitiva caída hacia el Gran Abismo, a cuyo final yo no esperaba en modo alguno que la escasa energía que me habita se transforme en alharaca artificial de fallas valencianas, pues ya ninguno de mis terribles alaridos consiguen causar la mínima vibración en aquellas minúsculas y serpenteantes explosiones en el blanco pliego, que son la expresión una inalcanzable grandeza de pensamiento.
Henri-Michaux-_SansTitre_-196045x32-cm.jpg


Me aferro al vítreo rascacielos que asciende

perforando los hímenes de los cielos,

que aúllan como bestias en el fragor del martirio

y derraman su hedor sobre los ángeles que duermen.

Supongo que estoy enfermo,

que detrás de mi delirio está el sueño,

el pacífico sueño de la nube donde yazgo.

Me alejo, me alejo de esas praderas amenas,

de las casas encaladas y los trigos que se cimbrean.

En el trágico torbellino que me arrastra

apenas el murmullo de un arroyo me trae un poco de paz.

Pero el continuo tableteo de las letras invasoras

golpea mi cerebro como planetas que estallan,

dejandome allí incrustadas pústulas de plomo.



En mi vertiginosa ascensión hacia ese supuesto, impreciso y turbulento paraíso,
alcanzo a ver, como un fulgurante destello diamantino, tal vez proviniente de algún suntuoso salón de los ricoshombres que habitan el rascacielos que me eleva, una primorosa reproducción, hecha en un minucioso petit-point, del “Grand verre”, de Marcel Duchamp, “La Mariée mise à nu par ses célibataires, même”, tejido en gran formato en los talleres de Manualidades para la Mujer, del Colegio de las Reverendas Reparadoras del Santo Oficio, obra de reconocida fama entre los intelectuales y expertos en Arte.


Asciendo asido torpemente a este inmundo rompecielos

asciendo al séptimo infierno en la dolorosa inversión

que me produce el espejo.

Oigo como burbujea, hirviente, mi cerebro,

cómo sobre el tenue bisbiseo de los trigos

agitados por el viento

se imponen otros silencios.

Es la fiebre en la que ardo, es la fiebre.

Y después de esa alta fiebre llegará por fin

el silencio.

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Un primer paso donde los simbolos dejan susurros que giran
en bosquejos que quieren ir al gran pensamiento, velos de un torbellino
que quiere alcanzar esa respiracion donde el arte es espacio de licuadas
esencias. queda asi esa fiebre final que como gemido borda
esa imposicion que lleva al silencio, despues de la intensidad.
excelente el recorrido, y mas el planteamiento de esta joya del
portal saludos amables de luzyabsenta
 
Carlos, querido amigo. Siempre me emocionan tus entusiastas comentarios. Su riqueza expresiva abruma, a la vez que enaltece, al propio poema. Muchas garcias siemore por tus visitas. Un abrazo,
miguel
 
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