Solaribus
Poeta veterano en el portal
Del vasto lagar de los sentidos
una luz despega como en vuelo
desde el asombro, las miradas, las caricias,
desde la historia amada y compartida,
desde la fuente misma de la lava.
Es como un río tumultuoso que desciende
y a su paso arrastra todo hasta tu pecho.
No hay tiempo a decidir qué rescatar de esa fuerza
que absorbe y redestina mi alma,
que moldea y rehace los suspiros,
que ensancha el gemido como un canto de aves,
como cien mil jilgueros amarillos
declarando su amor a media tarde.
Es como un viento helado y largo
que atraviesa la esencia y que me deja.
Que me abandona, me sepulta, me exalta,
me aniquila y resplandece,
me aclara de corcheas
me sostiene… y que me bebe.
Un millón de soles no podrían
imitar los halcones de la sangre,
ni estallar como esquirla incandescente
de esta piedra abismal de exuberancia.
El trayecto de las manos ya no puede
esquivar las formas de tu verdad femenina,
ni a la noche,
ni a las luces, ni las voces
que desde el fondo de las ansias
desquiciadas, te llaman
como Casandras condenadas
a decir siempre la verdad sin ser jamás creídas.
Sin poder nunca gritar, suficientes de cariño,
el desmayo y la entrega,
el sacrificio y la locura,
la razón y la condena,
ni el dolor de las venas,
ni las ganas.
Por eso aferrarse a la canción de tu carne,
es sustancia de lo comprensible,
lo demás es infinito,
imperdonable de luz y de alegría.
No hay más deseo, a los sentidos entendible,
que trasplantar el alma mía
bajo tus pechos de flor blanca.
Que dejar de ser, para existir dentro tuyo,
que derramar toda la luz de este sol atardecido
sobre el mecido trigal de tus cabellos,
sobre tu fiebre santa de pasión enfurecida,
sobre tus ojos de niña enamorada,
sobre tus muslos de mujer indómita,
sobre tus manos claras.
No existe prisa, cuando estamos juntos,
sólo canciones de almendras y manzanas,
sólo un aceite fino entre los cuerpos
uniendo cada célula en contacto.
Y la saliva es licor que embriaga,
y respirarnos es diálogo,
y tomarnos de las manos apretadas
es grito silencioso de unión plena
y consagrada.
Y abrir los ojos es tarea ardua y difícil
de tanto que queremos hundirnos
en la noche aletargada.
No existe melodía que se ajuste
a la belleza de tus pies de hada,
ni luna que copie tus pupilas
ni mar que contenga tus lágrimas.
No existe cielo que robe infinitud
a esa risa infantil y cómplice
de cuando chocan nuestros dientes en un beso,
y al haber raptado todas mis caricias,
en mis brazos, exhausta, te desmayas…
Última edición: