LLUEVEN FLORES DE PAPEL
Llueven flores de papel
sobre muñecos de cera
en la desolada ciudad de cartón piedra.
Refrescadas así las almas de plástico y vidrio
se hace más dúctil el acuerdo
y más llevadera la ascesis hasta la última memoria.
Allí la entrega
allí el comienzo
allí la plasmación del origen
sobre los tendones y los nervios de las manos que trabajan.
Lejos quedaron ya los pleitos y las reyertas
los fusiles ominosos
las palabras que hieren como dagas.
Los ojos estremecidos de algunas mujeres nobles
lloran sobre las mesas de lapislázuli
y el café suntuario se derrama negro y ámbar
en las telas adamascadas de la fiesta.
Llueve en los montes de Eritrea
caen mansamente las flores de papel
y los quejidos doloridos de sus vírgenes oscuras.
Santa Efigenia y santo Moisés el Moro
abren sus paraguas rojos con ecos de madreselva
tanta agua derramada para sangrar una lágrima...
Los altares de las burlas se aderezan equinamente
con cítaras espasmódicas que solícitas resuenan
son los claros prolegómenos de lo oscuro
y los viandantes del atrdecer nunca llegarán a tiempo.
Han pasado ya los tiempos de los marfiles y las miradas lascivas
Los temibles tigres de papel se adormecen
sobre el hueco de una halda que oculta un vientre cautivo
mientras la mano cariciosa de la dueña
atusa la piel hirsuta de su amante.
Ya todo es paz
las heridas infamantes han dejado de sangrar
y desde el cielo pavoroso siguen lloviendo
flores de papel
sobre muñecos de cera.
Ilust.: Dorothea Tanning
Llueven flores de papel
sobre muñecos de cera
en la desolada ciudad de cartón piedra.
Refrescadas así las almas de plástico y vidrio
se hace más dúctil el acuerdo
y más llevadera la ascesis hasta la última memoria.
Allí la entrega
allí el comienzo
allí la plasmación del origen
sobre los tendones y los nervios de las manos que trabajan.
Lejos quedaron ya los pleitos y las reyertas
los fusiles ominosos
las palabras que hieren como dagas.
Los ojos estremecidos de algunas mujeres nobles
lloran sobre las mesas de lapislázuli
y el café suntuario se derrama negro y ámbar
en las telas adamascadas de la fiesta.
Llueve en los montes de Eritrea
caen mansamente las flores de papel
y los quejidos doloridos de sus vírgenes oscuras.
Santa Efigenia y santo Moisés el Moro
abren sus paraguas rojos con ecos de madreselva
tanta agua derramada para sangrar una lágrima...
Los altares de las burlas se aderezan equinamente
con cítaras espasmódicas que solícitas resuenan
son los claros prolegómenos de lo oscuro
y los viandantes del atrdecer nunca llegarán a tiempo.
Han pasado ya los tiempos de los marfiles y las miradas lascivas
Los temibles tigres de papel se adormecen
sobre el hueco de una halda que oculta un vientre cautivo
mientras la mano cariciosa de la dueña
atusa la piel hirsuta de su amante.
Ya todo es paz
las heridas infamantes han dejado de sangrar
y desde el cielo pavoroso siguen lloviendo
flores de papel
sobre muñecos de cera.
Ilust.: Dorothea Tanning