Frag. de «La muerte del General¡simo»

carlos lopez dzur

Poeta que considera el portal su segunda casa
Será esta noche. Ha comenzado matando a sus maridos;
pero él quiere a Dedée, la temerosa, la pequeña.
Ella sí le ha gustado. La ofenderá en su vientre.

El se escondió entre esas cajas de libros
de poesía, con informes de sexo, porno y felatorismo,
cómo ser el vigoroso, eterno salta-cama, pregunta.
Cómo cingarse mulatas como él y blancas del jetset
latinoamericano, o gringas putangonas
que lo quieran insaciable y él se monta a sus haitianas
por el ano, mientras medita cómo hacer que sus opositores
le chupen el capullo, de rodillas ante él.

Que hagan lo mismo.
Así desea que se haga con Dedée, Patria, Minerva,
María Teresa, todas, todas... y que lo llamen…
Generalísmo, perseguidor de Mariposas.

Algunos no obedecen; no se acercan a la mira
de sus pistoleros, asesinos en uniformes,
diseñados por él mismo; costurero de homicidios.
Saben quién es. El alcance de su conturbernio
con el imperialismo; el yankee que lo instaura.

El lo utiliza, lo condona, lo impone.
El, suplidor de café para los gringos,
tabaco y caña, tiene a sus amos contentos.

Habla con sendos acentos
sus pestes contra el comunismo;
apoya la Doctrina de la Guerra Fría, las torturas
de la Mano de Hierro contra quien mencione
al Nuevo Hombre, con su sociología
ajena al robo, la acumulación, el ultraje
de los solidarismos y la valentía
que sostiene lo que vale del miserable mundo.

Mira allá... manotea ante una escena
de su engañoso karma; él ordenó el secuestro
de Jesús Galíndez, profesor de Columbia University.
«¿Cuántas veces tendré que matarte?», le pregunta.
«¡Sigues vivo! ¡Por tu culpa tengo problemas
con el Congreso del Norte! ¿Quieres dinero?
¡Tómalo de estas cajas, son mías, traje mucho,
todo el dinero del mundo, hoy es mío!»

Rodeado está de gorgojos y no lo sabe.
Todo lo que aparenta que es real es su mentira.
Está solo, ya no hay matones a su lado.
Jesús Galíndez, como yo, no se asomaría
a este pasaje del ser. Bitácora mortuoria.
No él, no yo, por propio gusto.

3.

La ayuda militar dada por los Estados Unidos ha creado
o impulsado la ventaja relativa de los militares sobre los civiles:
Octavio Ianni

a Julieta Alvarez, novelista dominicana


¿Es ésto un areito? ¿Se han pintado con totito
de achiote esta noche las almas de mis Antillas?
¿O ésta es otra visión de la bruma?

Lo desconozco.

¡Oigo tambores! me está doliendo lo tierno del oído.
Mas ya no hay ese olor escabroso de horas antes.
¿Qué veo, en realidad?
¿Que me díste a escuchar?
¿Dónde me llevas, Viajera?

¡Gritan ese nombre! Trujillo el asesino.
Oigo los ayes, millares y que reclaman cadáveres
Tiesos en cañaverales, cadáveres de negros abaleados.
El luto se alimenta de tambores. De vudú santo.

Más ensordecedores hoy que los disparos
de metrallas por los cafateles, más atronadores
que las matanzas que lo enorgullecen.

Es el darwinismo social, la mentira de la Patria Nueva,
sin esos negros que por gusto de matarlos
como a ratas los nombra como inmundos invasores.

¿Por qué mienten y dicen que es agricultor
y ganadero y que en la Villa de San Cristóbal
obtuvo el honor y la lealtad incondicional de los suyos?

Lo llaman Doctor, no matarife, Benefactor,
no asalta pueblos, apropiador de los ajenos
hatos y cuatrero, Padre de una Patria Nueva.

Del libro «Yo soy la muerte»

______________

Rafael Leonidas Trujillo, dictador dominicano, de quien ha sido escrito:
«By 1957, Trujillo had six spy operations in place, which supplied him with and endless stream of information on "unreliables" and ordinary citizens. Dominicans soon learned that a neighbor or even a trusted friend might be a spy... He controlled the press and the schools with an iron fist, and, thus, the minds of the Dominican peoples. He quelled dissent through torture and genocidal massacres of the opposition, through the close monitoring of each and every citizen: Himilce Novas».

El dictador, por 30 años, conocido como El Jefe y el Chapitas, Trujillo es famoso por patrocinar matanzas de obreros haitianos de la caña quienes, por necesidad económica, migraban a la República Dominicana. En el fondo, sufría de etnofobias y era un mulato renegao, pese a su buena pinta. Su ídolo era Porfirio Rubirosa, el gigolo.

Enemigo de los obreros haitianos, ordenó a sus tropas que los expulsara, en 1937, episodio que es conocido como «Parsley Massacre of Haitian caneworkers». En la frontera miles de haitianos fueron asesinados mientras trataban de escapar. Se ha calculado que fueron entre 8,000 y 15,000. Se especuló el deseo deI Trujillo de propiciar una guerra para quedarse con el completo control de la isla Hispaniola. Al final de las masacres, presionado por la comunidad internacional, se obtuvo un arreglo financiero ($525,000 en compensaciones pagaderas a Haiti) y una disculpa.
 

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