silveriddragon
Poeta adicto al portal
I
Estaba cansado.
Muy cansado... En todos los sentidos posibles.
Había pasado la mayor parte de mi vida estudiando. Muy duro. A pesar de estudiar en una escuela pública trataba con todas mis fuerzas de aprovecharlo.
No me costaba mucho la inscripción y los pagos semestrales. Con la beca que tenía era suficiente para ello y me sobraba para pagar clases de inglés (también en escuela pública).
El problema venía si llegaba a reprobar una materia o dos. Me desajustaba completamente.
Por mi mente jamás cruzaba otra cosa que no fuera el estudio. Bueno, a decir verdad si.
Había una compañera que me gustaba. Pero... pero... siempre fui muy tímido. Así que le pregunté a un amigo como podía acercarme.
- No, la verdad no te lo recomiendo. Mira, no es por ser mala onda ni nada. Pero se ve que ella está acostumbrada a otro tipo de vida. Sale a fiestas, al cine, de viaje.
Y tenía razón. Sabía que no me lo quería decir directamente. ´Pero era verdad. ¿A qué lugar podría invitarla? A veces ni siquiera podía comprar un helado o ir al cine. Prefería usar ese dinero para los proyectos escolares o comer decentemente.
Y así, pasó mi adolescencia y mi juventud.
Comencé a trabajar.
Iba de mi casa a un cubículo pequeño. Me gustaba ese trabajo. Aún puedo recordar cuando comencé con mucho entusiasmo a estudiar todo tipo de literatura sobre computadoras, programas, arquitecturas. Era como magia para mi.
Pero llegada la quincena me sentía miserable de nuevo. Aún no entendía el porque.
Todo el dinero se iba para tratar de solventar los gastos de mis hermanos. Quería que estudiaran igual que yo. Tener algo con que defenderse en la vida.
De pronto pasaron muchas cosas. Me empezaron a pagar más. Comencé a ser conocido por altos mandos de la empresa. Pero...
No me ascendían.
Y era porque, y eso lo comprendí después de muchos años, funcionaba como un engranaje perfecto detectando fallas y arreglándolas. Mi timidez se acentuó porque casi no hablaba con nadie y me dedicaba por completo a las computadoras. Si... era un nerd.
No lo digo en el sentido negativo o positivo del término. Simplemente comencé a aceptarlo.
Mis hermanos comenzaron a verme como un padre y eso me estaba empezando a pesar.
Cargar con otras personas, tratar de jalarlos. Y además sin amigos reales en quien confiar. En fin, caí en un vicio. El más raro. Me iba a caminar y caminar por horas y terminaba llegando a un local pequeño en el que pedía siempre lo mismo. Tequila. Sin nada.
Bebía uno, otro, luego otro y otro más.
Llegaba ebrio a casa y mi hermanita pequeña me llevaba a acostar y al día siguiente me despertaba temprano para ir a trabajar.
II
Con todo ello se hizo una rutina extraña. Trabajaba, gastaba el dinero en mis hermanos, me embriagaba, me sentía triste y volvía a comenzar.
No detectaba porque era triste.
Cuando comenzaron a llegar nuevos y más jóvenes integrantes siempre los mandaban conmigo a aprender. Trataba de tenerles paciencia y les enseñaba lo que podía. Algo dentro de mi se había llenado de vanidad y pensaba en ellos como unos novatos sin conocimiento de nada. Sin embargo también comencé a detectar entre ellos lo que llaman liderazgo. Había una persona que no seguía las órdenes, dedicándose más a hacer amistades. Eso era nuevo para mi.
El jefe, del jefe, del jefe, del jefe, del jefe, de mi jefe un día me invitó a comer.
No sabía como se había enterado de la existencia de alguien como yo. Me sentí especial pero a la vez cohibido. Eramos como seis o siete personas a las que nos pasaron a un comedor privado y nos sirvieron platos que jamás me imaginé antes. Con tantos cubiertos no sabía que hacer. Solo se me ocurrió copiar al que tenía al lado.
Mi traje se veía algo deslucido y sin color al lado del de los demás.
Mientras nos servían el jefe de jefes hablaba con todos haciendo bromas, indicando planes, preguntando progresos.
Cuando sirvieron el postre se dirigió a mi.
- Me alegra que hayas venido Iván. Todos tus compañeros hablan de ti como si fueras un fantasma que recorre el último piso y a veces te animas a comer con todos. ¿Te gusta mucho estar allá arriba?
- Si señor... Yo... Bueno... Me gusta programar.
- Muy bien, muy bien. Tu jefe directo me dice que lograste hacer algo que pocas personas han hecho.
- Solo lo hice por curiosidad. Jamás fue mi intención hacer que ocurriera. Yo...
- Calma, calma. No te vamos a hacer nada por ello. Todas estas personas que estamos aquí queremos mejorar todo el sistema global y creemos que tu serías de ayuda.
Con esta comida comenzó una relación en la que trabajaba normalmente y además para el jefe. Fue algo bueno. Porque me enseñó a ser un poco más seguro y a tratar de experimentar sin miedo a equivocarme.
III
- ¿Iván ya te enteraste? Promovieron al jefe de jefes.
- ¿De verdad?
- Si. Dicen que ahora se irá a otro país.
Cuando escuche estas noticias me alegré. Eso significaba que se habían terminado todas las amenazas al sistema, o al menos la mayoría. O eso pensé.
Sin la protección del jefe de jefes y sin el apoyo de mis jefes directos comencé a ser desplazado, lentamente
Hasta que un día fui llamado a una oficina sin cristales y me dijeron sin más "Se ha terminado tu ciclo".
Aún sospecho a que se debió. Quizás yo sabía cosas que no debían ser compartidas a nadie más. Solo fui utilizado. En ese tiempo, y quizás aún lo soy. me vi muy inocente.
IV
Ya me había salido de vivir de la casa con mis hermanos, ellos ya tenían su vida, su trabajo y sus intereses.
En cambio vivía solo y había juntado un poco de dinero para seguir adelante.
Pero estudiar tanto, trabajar tanto, educar a tres hermanos...
Terminó por agotarme en todos los sentidos.
Y caí en depresión.
No se me antojaba levantarme de la cama en lo absoluto. Revolvía las cobijas y las sábanas sin levantarme. Me llegaba una sensación de estar vacío y a veces terminaba llorando sin saber el porque.
No tenía computadora. Me decía a mi mismo. ¿para qué?
En el trabajo tenía acceso a muchas y de diferentes capacidades. No podía darme el lujo de jugar o si quiera de tontear con ellas, así que no era imprescindibles.
Mi único distractor era una vieja televisión. Veía algunos programas sencillos, otras veces caricaturas.
No tenía hambre.
A veces me forzaba a levantarme, salir a la calle y comprar algo en la tienda para preparar con agua y sal.
Otras salía a comprar algo de un puesto de la calle. Y eso era todo. El alcohol no se me antojaba, pero sobre todo no tenía el dinero para comprarlo.
Y entonces... Ocurrió algo que me salvó la vida.
V
Eran las 10 de la mañana o algo así. Estaba durmiendo completamente exhausto después de una noche de insomnio y dos días sin probar comida sustanciosa.
Y sonó el timbre de la casa.
Al principio no comprendí que era. Porque nunca tenía visitas y eran contadas las ocasiones en que había escuchado el tono.
Después de dos o tres toques de timbre me levanté y fui a ver quien era.
La puerta carecía de mirilla y es gruesa aunque bastante maltratada. Al abrirla no podía creerlo.
Era una mujer más o menos de mi edad. Con el rostro dulce y expresivo pero con un gesto enérgico. Maquillada con mucho rubor y colores fuertes en los párpados y las pestañas. El cabello liso y pelirrojo hasta casi media espalda. Vestía muy bien. Una blusa negra con mariposas de colores púrpura y violeta y una minifalda en el mismo estilo. Zapatillas altas y una pañoleta completaban su vestuario.
Cualquiera diría que era una mujer que iba a trabajar en alguno de esos bancos como cajera o edecán.
Aturdido por mi estado no pude decir palabra alguna. Pensando que se había equivocado de puerta le indiqué que el lugar donde solicitaban aeromozas era en la calle de enfrente.
- No Iván. Buenos días. No he venido a pedir trabajo. Solo quise pasar a saludarte. ¿Ya desayunaste?
Y sin más, sin siquiera esperar a que le respondiera, agarró la puerta y la abrió de par en par.
Al pasar junto a mi pude detectar el olor de su perfume. Intenso, me recordaba el olor de los árboles a los que me subía cuando era pequeño y aún no sabía que era el mundo y que podía ser tan obscuro.
Caminó directamente a la cocina y ahí en la mesa no había nada.
- Hmm... Veo que no has desayunado nada. Ah! Mira, hay algo de cereal. En seguida te lo sirvo. ¿Puedo tomar algo de eso contigo?
Todas esas preguntas eran retóricas. Simplemente tomo los trastes y comenzó a servir sin más.
Aún atontado solo me quede viendo como ese torbellino se movía por la cocina dejando a su paso una estela rojiza.
Al momento de dejar el plato con cereal en la mesa me impresionaron sus manos pequeñas, suaves y con las uñas pintadas de un color entre naranja y rojo. Solo imaginen, alguien que jamás había tenido contacto con ninguna mujer y menos con una tan bonita la impresión que debió sufrir.
Comenzamos a comer el cereal y ella sacó su teléfono celular y empezó a leer.
- Tengo una cita con el dentista a las 5 de la tarde. Olvidé cancelarla ayer. - suspiró - aún soy algo desorganizada y se me va la onda. Mis vecinos ayer estaban escuchando música muy fuerte y su perro. pobrecito, estaba afuera mojándose con la lluvia. ¿puedes creerlo? Jajajaja... Mira un gato haciendo gestos de seriedad ... Adoro a los gatos ... y a los perros.
Se me acercó tanto con el celular en la mano, que podía sentir su cabello tocándome la espalda y su brazo junto al mío. Me puse rojo, en verdad rojo. Y al ver el gato no pude contener un gesto de risa.
- ¿Verdad que es gracioso? - regresó a su lugar - Y bueno en la planta baja hay una señora muy rara. Me dejo pasar solo con decir que era tu novia ¿puedes creerlo? Y si soy una ladrona ... o peor ... una comedora de hombres.
Al decir eso me lanzó una mirada felina y pestañeó haciendo que la sonrisa arrugara un poco la comisura de sus ojos.
- Pero tu sabes que no lo soy.
- ¿Cómo lo sabes?
- Porque ya me hubieras dicho que me fuera Iván.
Esto me dejó pensando un momento. Sabía que no era normal la situación y quizás me estaba dejando llevar demasíado por su aspecto. O mi timidez, o mi indecisión.
- Bueno, veo que ya terminaste de desayunar. Tengo que irme. Hay algo que tengo que hacer en la ciudad.
Se fué directo a la puerta y antes de salir dió la vuelta
- Y mañana, vengo a desayunar. Cuídate Iván.
Estupefacto... Aun con el olor de su perfume en la habitación ya no pude regresar a la cama.
(Continuará)
Estaba cansado.
Muy cansado... En todos los sentidos posibles.
Había pasado la mayor parte de mi vida estudiando. Muy duro. A pesar de estudiar en una escuela pública trataba con todas mis fuerzas de aprovecharlo.
No me costaba mucho la inscripción y los pagos semestrales. Con la beca que tenía era suficiente para ello y me sobraba para pagar clases de inglés (también en escuela pública).
El problema venía si llegaba a reprobar una materia o dos. Me desajustaba completamente.
Por mi mente jamás cruzaba otra cosa que no fuera el estudio. Bueno, a decir verdad si.
Había una compañera que me gustaba. Pero... pero... siempre fui muy tímido. Así que le pregunté a un amigo como podía acercarme.
- No, la verdad no te lo recomiendo. Mira, no es por ser mala onda ni nada. Pero se ve que ella está acostumbrada a otro tipo de vida. Sale a fiestas, al cine, de viaje.
Y tenía razón. Sabía que no me lo quería decir directamente. ´Pero era verdad. ¿A qué lugar podría invitarla? A veces ni siquiera podía comprar un helado o ir al cine. Prefería usar ese dinero para los proyectos escolares o comer decentemente.
Y así, pasó mi adolescencia y mi juventud.
Comencé a trabajar.
Iba de mi casa a un cubículo pequeño. Me gustaba ese trabajo. Aún puedo recordar cuando comencé con mucho entusiasmo a estudiar todo tipo de literatura sobre computadoras, programas, arquitecturas. Era como magia para mi.
Pero llegada la quincena me sentía miserable de nuevo. Aún no entendía el porque.
Todo el dinero se iba para tratar de solventar los gastos de mis hermanos. Quería que estudiaran igual que yo. Tener algo con que defenderse en la vida.
De pronto pasaron muchas cosas. Me empezaron a pagar más. Comencé a ser conocido por altos mandos de la empresa. Pero...
No me ascendían.
Y era porque, y eso lo comprendí después de muchos años, funcionaba como un engranaje perfecto detectando fallas y arreglándolas. Mi timidez se acentuó porque casi no hablaba con nadie y me dedicaba por completo a las computadoras. Si... era un nerd.
No lo digo en el sentido negativo o positivo del término. Simplemente comencé a aceptarlo.
Mis hermanos comenzaron a verme como un padre y eso me estaba empezando a pesar.
Cargar con otras personas, tratar de jalarlos. Y además sin amigos reales en quien confiar. En fin, caí en un vicio. El más raro. Me iba a caminar y caminar por horas y terminaba llegando a un local pequeño en el que pedía siempre lo mismo. Tequila. Sin nada.
Bebía uno, otro, luego otro y otro más.
Llegaba ebrio a casa y mi hermanita pequeña me llevaba a acostar y al día siguiente me despertaba temprano para ir a trabajar.
II
Con todo ello se hizo una rutina extraña. Trabajaba, gastaba el dinero en mis hermanos, me embriagaba, me sentía triste y volvía a comenzar.
No detectaba porque era triste.
Cuando comenzaron a llegar nuevos y más jóvenes integrantes siempre los mandaban conmigo a aprender. Trataba de tenerles paciencia y les enseñaba lo que podía. Algo dentro de mi se había llenado de vanidad y pensaba en ellos como unos novatos sin conocimiento de nada. Sin embargo también comencé a detectar entre ellos lo que llaman liderazgo. Había una persona que no seguía las órdenes, dedicándose más a hacer amistades. Eso era nuevo para mi.
El jefe, del jefe, del jefe, del jefe, del jefe, de mi jefe un día me invitó a comer.
No sabía como se había enterado de la existencia de alguien como yo. Me sentí especial pero a la vez cohibido. Eramos como seis o siete personas a las que nos pasaron a un comedor privado y nos sirvieron platos que jamás me imaginé antes. Con tantos cubiertos no sabía que hacer. Solo se me ocurrió copiar al que tenía al lado.
Mi traje se veía algo deslucido y sin color al lado del de los demás.
Mientras nos servían el jefe de jefes hablaba con todos haciendo bromas, indicando planes, preguntando progresos.
Cuando sirvieron el postre se dirigió a mi.
- Me alegra que hayas venido Iván. Todos tus compañeros hablan de ti como si fueras un fantasma que recorre el último piso y a veces te animas a comer con todos. ¿Te gusta mucho estar allá arriba?
- Si señor... Yo... Bueno... Me gusta programar.
- Muy bien, muy bien. Tu jefe directo me dice que lograste hacer algo que pocas personas han hecho.
- Solo lo hice por curiosidad. Jamás fue mi intención hacer que ocurriera. Yo...
- Calma, calma. No te vamos a hacer nada por ello. Todas estas personas que estamos aquí queremos mejorar todo el sistema global y creemos que tu serías de ayuda.
Con esta comida comenzó una relación en la que trabajaba normalmente y además para el jefe. Fue algo bueno. Porque me enseñó a ser un poco más seguro y a tratar de experimentar sin miedo a equivocarme.
III
- ¿Iván ya te enteraste? Promovieron al jefe de jefes.
- ¿De verdad?
- Si. Dicen que ahora se irá a otro país.
Cuando escuche estas noticias me alegré. Eso significaba que se habían terminado todas las amenazas al sistema, o al menos la mayoría. O eso pensé.
Sin la protección del jefe de jefes y sin el apoyo de mis jefes directos comencé a ser desplazado, lentamente
Hasta que un día fui llamado a una oficina sin cristales y me dijeron sin más "Se ha terminado tu ciclo".
Aún sospecho a que se debió. Quizás yo sabía cosas que no debían ser compartidas a nadie más. Solo fui utilizado. En ese tiempo, y quizás aún lo soy. me vi muy inocente.
IV
Ya me había salido de vivir de la casa con mis hermanos, ellos ya tenían su vida, su trabajo y sus intereses.
En cambio vivía solo y había juntado un poco de dinero para seguir adelante.
Pero estudiar tanto, trabajar tanto, educar a tres hermanos...
Terminó por agotarme en todos los sentidos.
Y caí en depresión.
No se me antojaba levantarme de la cama en lo absoluto. Revolvía las cobijas y las sábanas sin levantarme. Me llegaba una sensación de estar vacío y a veces terminaba llorando sin saber el porque.
No tenía computadora. Me decía a mi mismo. ¿para qué?
En el trabajo tenía acceso a muchas y de diferentes capacidades. No podía darme el lujo de jugar o si quiera de tontear con ellas, así que no era imprescindibles.
Mi único distractor era una vieja televisión. Veía algunos programas sencillos, otras veces caricaturas.
No tenía hambre.
A veces me forzaba a levantarme, salir a la calle y comprar algo en la tienda para preparar con agua y sal.
Otras salía a comprar algo de un puesto de la calle. Y eso era todo. El alcohol no se me antojaba, pero sobre todo no tenía el dinero para comprarlo.
Y entonces... Ocurrió algo que me salvó la vida.
V
Eran las 10 de la mañana o algo así. Estaba durmiendo completamente exhausto después de una noche de insomnio y dos días sin probar comida sustanciosa.
Y sonó el timbre de la casa.
Al principio no comprendí que era. Porque nunca tenía visitas y eran contadas las ocasiones en que había escuchado el tono.
Después de dos o tres toques de timbre me levanté y fui a ver quien era.
La puerta carecía de mirilla y es gruesa aunque bastante maltratada. Al abrirla no podía creerlo.
Era una mujer más o menos de mi edad. Con el rostro dulce y expresivo pero con un gesto enérgico. Maquillada con mucho rubor y colores fuertes en los párpados y las pestañas. El cabello liso y pelirrojo hasta casi media espalda. Vestía muy bien. Una blusa negra con mariposas de colores púrpura y violeta y una minifalda en el mismo estilo. Zapatillas altas y una pañoleta completaban su vestuario.
Cualquiera diría que era una mujer que iba a trabajar en alguno de esos bancos como cajera o edecán.
Aturdido por mi estado no pude decir palabra alguna. Pensando que se había equivocado de puerta le indiqué que el lugar donde solicitaban aeromozas era en la calle de enfrente.
- No Iván. Buenos días. No he venido a pedir trabajo. Solo quise pasar a saludarte. ¿Ya desayunaste?
Y sin más, sin siquiera esperar a que le respondiera, agarró la puerta y la abrió de par en par.
Al pasar junto a mi pude detectar el olor de su perfume. Intenso, me recordaba el olor de los árboles a los que me subía cuando era pequeño y aún no sabía que era el mundo y que podía ser tan obscuro.
Caminó directamente a la cocina y ahí en la mesa no había nada.
- Hmm... Veo que no has desayunado nada. Ah! Mira, hay algo de cereal. En seguida te lo sirvo. ¿Puedo tomar algo de eso contigo?
Todas esas preguntas eran retóricas. Simplemente tomo los trastes y comenzó a servir sin más.
Aún atontado solo me quede viendo como ese torbellino se movía por la cocina dejando a su paso una estela rojiza.
Al momento de dejar el plato con cereal en la mesa me impresionaron sus manos pequeñas, suaves y con las uñas pintadas de un color entre naranja y rojo. Solo imaginen, alguien que jamás había tenido contacto con ninguna mujer y menos con una tan bonita la impresión que debió sufrir.
Comenzamos a comer el cereal y ella sacó su teléfono celular y empezó a leer.
- Tengo una cita con el dentista a las 5 de la tarde. Olvidé cancelarla ayer. - suspiró - aún soy algo desorganizada y se me va la onda. Mis vecinos ayer estaban escuchando música muy fuerte y su perro. pobrecito, estaba afuera mojándose con la lluvia. ¿puedes creerlo? Jajajaja... Mira un gato haciendo gestos de seriedad ... Adoro a los gatos ... y a los perros.
Se me acercó tanto con el celular en la mano, que podía sentir su cabello tocándome la espalda y su brazo junto al mío. Me puse rojo, en verdad rojo. Y al ver el gato no pude contener un gesto de risa.
- ¿Verdad que es gracioso? - regresó a su lugar - Y bueno en la planta baja hay una señora muy rara. Me dejo pasar solo con decir que era tu novia ¿puedes creerlo? Y si soy una ladrona ... o peor ... una comedora de hombres.
Al decir eso me lanzó una mirada felina y pestañeó haciendo que la sonrisa arrugara un poco la comisura de sus ojos.
- Pero tu sabes que no lo soy.
- ¿Cómo lo sabes?
- Porque ya me hubieras dicho que me fuera Iván.
Esto me dejó pensando un momento. Sabía que no era normal la situación y quizás me estaba dejando llevar demasíado por su aspecto. O mi timidez, o mi indecisión.
- Bueno, veo que ya terminaste de desayunar. Tengo que irme. Hay algo que tengo que hacer en la ciudad.
Se fué directo a la puerta y antes de salir dió la vuelta
- Y mañana, vengo a desayunar. Cuídate Iván.
Estupefacto... Aun con el olor de su perfume en la habitación ya no pude regresar a la cama.
(Continuará)
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