Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
En los confines del mundo, en una tierra lejana, más allá del Mar Brillante, dejando atrás el Bosque Añoso, atravesando las Llanuras Pálidas y los Pantanos Peligrosos, se encuentran las lindes del Reino Ignoto, donde reinan Titania y Oberón. Se extiende su Reino por largos confines, bordeando por el noroeste el Lago Topacio, limitando al norte con las Montañas de la Luna y al este con la Tierra de las Nieblas Glaucas. Algunas pequeñas ciudades, poco más que pequeños pueblos y aldeas, bordean las tierras de Oberón. Viven en ellas gentes tranquilas, entregadas a sus oficios de hortelanos, herreros, panaderos…en fin todos esos trabajos que antes eran indispensables para la vida en una villa chiquita.
Por aquellos lares, solía viajar sin descanso Fredo, nuestro protagonista de hoy. Fredo era chamarilero y componedor. Compraba y vendía todo tipo de objetos y luego con destacada habilidad componía, esto es, arreglaba un paraguas roto, echaba un nuevo fondo a una cazuela estropeada o afilaba unas tijeras o el cuchillo de la carne, si era necesario. Y todo ello desde su carro de grandes ruedas de madera y llantas de hierro, tirado por su mula Dina a quien Fredo ya consideraba parte de la familia. En aquel carromato, que se cubría con una gran lona donde en letras góticas decía: FREDO, componedor y compra-venta, pasaba nuestro amigo las jornadas, viajando por todos los rincones en los que hubiese una casa donde parar, charlar un instante y ver si había algo que vender o que comprar o que arreglar. Era una vida dura, pues las gentes no disponían de grandes bienes y no siempre se daban bien los negocios. Además había aldeas que se hallaban muy alejadas y llegar hasta ellas suponía días de camino.
Uno de esos días, de camino largo y solitario, pasaba Fredo el viaje cantando con su vozarrón no muy bien afinado, pero con muy buena voluntad, todo hay que decirlo, o hablando con Dina, que si bien nunca le contestaba, siempre le escuchaba con mucha atención. Iban por el Camino Antiguo, el que bordeaba las tierras del Reino Ignoto y al doblar un recodo, vio como un bulto negro que venía corriendo, casi se le echa encima del carro. Sobresaltado, saltó del pescante al suelo y sujetó al pillastre por una oreja. Era un trasgo, renegrido y feo, patizambo y malencarado, que lanzó un fuerte gruñido. Fredo no se dejó asustar. Llevaba muchos años recorriendo aquellos senderos y conocía las maldades de los trasgos, pero también lo escaso de su valentía. Aquel trasgo llevaba en la mano lo que le pareció a Fredo una mariposa de grandes alas. Seguramente el trasgo pensaba en arrancárselas, pues pocas cosas les gustan más que el hacer daño y sobre todo a quienes son más pequeños y débiles. Fredo le dio un par de sacudidas y le quitó lo que llevaba en la mano. Amenazó al trasgo con la vara que le servía para guiar a Dina y éste, salió corriendo como alma que lleva el diablo. Fue entonces, cuando más tranquilo, se decidió a mirar lo que había quitado al mal tipo aquel. Su sorpresa fue enorme cuando encontró que lo que tenía en la mano era una pequeña hada, maltrecha y herida por las malas artes del trasgo. Lamentó Fredo no haberle dado una buena patada en el trasero, pero miró al hada con más detenimiento y lo que vio no le gustó nada. La pequeña no se movía, respiraba con dificultad, como si le doliese todo el cuerpo y una de sus alas estaba seriamente dañada. Apartó el carromato del camino y lo dejó en un claro entre los árboles, depositó al hada en una pequeña cama que hizo con un cajón, acomodándola sobre unos pañuelos a modo de colchón. Encendió un fuego en la hornilla, puso agua a calentar y preparó una infusión de orégano y salvia. Conocía que lo primero es dar líquidos a los heridos para ayudar a que se repongan. Una vez hecha la infusión, con toda la paciencia del mundo y una pequeñísima cuchara, cuando estuvo templada, comenzó a dársela. Costó mucho tiempo que la pobre herida tomase unas pocos sorbos de aquella bebida. Pareció que se entonaba un poco y se quedó dormida. Fredo la arropó y la dejó descansar en aquella camita improvisada.
Encargó encarecidamente a Dina que vigilase que nadie se acercase al carro y la mula pareció entenderle, pues levantó las orejas, dejó de pastar y se colocó junto a la puerta de acceso. Creía nuestro amigo haber visto en sus viajes que poco más adelante había un riachuelo y corrió hacia allí. Efectivamente, un regato corría lento entre las piedras y en su orilla se elevaba majestuoso un saúco. Era tiempo de primavera y tuvo la suerte de pillar al saúco en flor. Con el faldón de la camisa preparó un a modo de cestillo y recogió en él una cuantas flores. De nuevo volvió deprisa al carro y preparó un cocimiento con las flores de saúco que, de harto tiempo, sabía él que eran buenas para cerrar y desinfectar las heridas. Trató con su poción las heridas del hada y se preparó a pasar la noche en su cuidado.
Las hadas, por la parte mágica que les toca, curan pronto de sus males y así, con las atenciones de Fredo, nuestra amiga estuvo bien en un par de días. Resultó muy simpática. Se llamaba Violeta y en esos dos días hizo muy buenas migas con el chamarilero. Repuesta del todo llegó el momento de partir. Con la infusión de flor de saúco, el ala había curado estupendamente y permitía sostener el vuelo sin dificultad. Así que se despidieron, ella se fue a las tierras de Oberón y él siguió su camino. Anduvo a su paso tranquilo todo el día y pasó la noche a la orilla del camino, como había hecho tantas otras ocasiones. A la mañana siguiente, le sorprendió despertarse con una música maravillosa que sonaba junto a su carromato. Se asomó con curiosidad y su sorpresa fue el encontrar a los reyes de las hadas y numerosos príncipes y princesas de los elfos. Se azoró un poco y se puso muy colorado.
“Buenos días” acertó a decir.
“Buenos días” le respondieron.
Se adelantó el Rey Oberón y le dijo: “Has sido gentil y bueno con una de nuestras hadas, le has salvado de las garras del trasgo y además has dedicado tu tiempo a curarla y atenderla”.
“No ha sido nada” balbució Fredo, “cualquiera hubiese hecho lo mismo”
“No sé si cualquiera lo hubiese hecho, sí sé, que tú lo has hecho. Pídeme el presente que quieras, que te lo concederé”
Fredo, se quedó pensando un momento y al punto dijo: “Me gustaría hacer feliz a la gente de por aquí”.
El Rey Oberón miró a la Reina Titania, quien dibujó una enorme sonrisa en su cara: “Concedido”
“No te olvidaremos Fredo”
“Tampoco yo les olvidaré”
Y de ese modo se despidieron.
Desde entonces, cuando el chamarilero-componedor llegaba a alguna casa, siempre llevaba en su carromato algo que aquellas gentes deseaban o llevaban tiempo buscando, con lo cual siempre conseguía contentar a aquellas gentes, o bien les arreglaba aquel cacharro que tanto apreciaban o la máquina que tanto necesitaban. De ese modo fue pintando sonrisas en las caras de todos los habitantes y a su vez, se encontró él mismo con una gran sonrisa. Rompió entonces a cantar y su voz era ahora bien templada, melodiosa y bella.
Las jornadas ahora eran más cortas, pues su cantar hacía breve el pasar de un pueblo a otro y los cantares anunciaban su llegada y todos deseaban su presencia y se sentían bien con él.