humanoide
Poeta fiel al portal
Y ahí, en la inexplicable tranquilidad
de aquel cementerio olvidado por el tiempo,
se miran esas tumbas
de piedra sobre piedra, apiladas y muertas.
Niños, hombres, mujeres, ancianos,
descansan eternos en aquel claro
a la mitad de un frondoso bosque de abetos,
que huele a oxigeno, a foresta, a muerte.
De algunas tumbas emergen pinos
con sus imponentes troncos,
otras conservan su cruz
de madera de obrero sin nombre.
El sitio luce desolado, frío.
¡No se escucha maldita la cosa!
La noche deja caer su manto,
la luna se asoma lagañosa
y comienza la danza de los entes,
de las vidas de dos siglos,
y se deslizan, juegan a esconderse,
se elevan, besan las estrellas,
beben el rocío de los helechos,
se embriagan de la sabia del abeto.
Se percatan de mi presencia
me rodean, me amenazan
y finalmente, al llegar la niebla,
simplemente se alejan y se extinguen.
de aquel cementerio olvidado por el tiempo,
se miran esas tumbas
de piedra sobre piedra, apiladas y muertas.
Niños, hombres, mujeres, ancianos,
descansan eternos en aquel claro
a la mitad de un frondoso bosque de abetos,
que huele a oxigeno, a foresta, a muerte.
De algunas tumbas emergen pinos
con sus imponentes troncos,
otras conservan su cruz
de madera de obrero sin nombre.
El sitio luce desolado, frío.
¡No se escucha maldita la cosa!
La noche deja caer su manto,
la luna se asoma lagañosa
y comienza la danza de los entes,
de las vidas de dos siglos,
y se deslizan, juegan a esconderse,
se elevan, besan las estrellas,
beben el rocío de los helechos,
se embriagan de la sabia del abeto.
Se percatan de mi presencia
me rodean, me amenazan
y finalmente, al llegar la niebla,
simplemente se alejan y se extinguen.