Me puso los vellos de punta y recompuse contigo eso que tu llamas el tiempo detenido. Es una sensación maravillosa de felicidad en la que, cómo no, hay un después, la inevitable caída. Tu lo haces nombrando el mito de Ícaro, cuyas alas de cera se derritieron a medida que avanzaba hacia el sol. Aún así, la pulsión de ser felices no nos abandona nunca. Me enamoré de este poema.