Fuimos los Jesucristos de la noche, pendiendo de la luna, dejándonos llevar por los oleajes de la luz de las estrellas, arrastrándonos los vendavales huracanados de la música de los mecanismos de la nada.
El barco negro nos llegó y le dimos la espalda. Los espíritus del silencio nos clavaron sus espadas y gritamos de furia al ver arder nuestra alma
Y correr tras ella para darle la vida como océanos de fuego en la noche eterna.
Miramos fijos el horizonte más profundo en busca de un estertor de nuestra propia muerte
y encontramos las raíces de las que nacen los gritos de furia, gritos de furia hechos para alargar la vida al viaje de las estrellas por el océano nocturno.
La luna pende de nuestro reflejo. Dijimos.
El cristal de nuestras manos marcó la ruta exacta.
Vivimos arrastrados por los mecanismos de los fantasmas más sangrientos de nuestras palabras.
Ahora somos el pausado oscuro entre el humo.
Fugaces son las raíces de la vida si no traes el grito.
Soy el dios que quise ser. Soy la muerte que me traje. Vivimos sobrevolando nuestras propias vidas.
El barco negro nos llegó y le dimos la espalda. Los espíritus del silencio nos clavaron sus espadas y gritamos de furia al ver arder nuestra alma
Y correr tras ella para darle la vida como océanos de fuego en la noche eterna.
Miramos fijos el horizonte más profundo en busca de un estertor de nuestra propia muerte
y encontramos las raíces de las que nacen los gritos de furia, gritos de furia hechos para alargar la vida al viaje de las estrellas por el océano nocturno.
La luna pende de nuestro reflejo. Dijimos.
El cristal de nuestras manos marcó la ruta exacta.
Vivimos arrastrados por los mecanismos de los fantasmas más sangrientos de nuestras palabras.
Ahora somos el pausado oscuro entre el humo.
Fugaces son las raíces de la vida si no traes el grito.
Soy el dios que quise ser. Soy la muerte que me traje. Vivimos sobrevolando nuestras propias vidas.