En el campo de amores, una mujer de cuello de garza suspira por la pasión desenfrenada hacia un rústico pastor de ovejas negras. Está dispuesta a declararse a tumba abierta. Se abre camino por una ruta contaminada de zarzales. Plenos de moras y que brillan cual estelas de novilunio. Presto a abrirse en una fantasmal diadema de sentimientos a rebosar por el vino espumoso de Baco. Cuando la fémina deja por un momento de canturrear, escucha cerca de sí al idolatrado sujeto de su obscuro corazón apesadumbrado. Se acerca hacia él y, con manos de nieve pura como la sal, acaricia su hermosa cabellera negra. Entonces, él le da un beso fugaz de boca sedienta. Y, fundiéndose ambos en un trueno galopante de dicha sin fin, juran eternizar sus almas de amianto en la próxima aurora dichosa. Y, así, perderse para siempre en el olvido sacro del amor.