Lirae
Poeta que considera el portal su segunda casa
GABRIEL.
Mi querida amiga, llevo unos días intentando escribirte mis ultimas vivencias. Han sido varias, ya sabes que sin necesidad de que mi cuerpo se mueva, mi vida corre entre laberintos de cristal observando esa vida exterior que yo no podré ni por asomo degustar. Entre bosques repletos de cortinas de niebla que me ocultan de los lobos. Entre pasillos oscuros en los que de veras, no temo ya, al contrario, se han convertido en mi refugio, me hago una con ellos y me siento como una linea recta de hormigón oscura donde el frio es mi aliado y la oscuridad mi protectora enamorada. Y también me muevo entre aldeas de luz. Donde como hoy, se me oscurece la vida, donde como hoy, mis lagrimas apagan la poca claridad que me brinda este sol de cera, que parece derretirse y dejar este color agobiante que deja el cielo sin azul.
Allí le encuentro en esta aldea perdida, ausente de todo atisbo de amor, de compasión. No tiene mas de tres o cuatro años. Su ropa esta tan roída que le da aspecto de espantapájaros en miniatura, Su cabello parece paja, dorado como el sol, pero enmarañado como el de un muñeco perdido tras una guerra. Tiene la carita como un mapa marcado de lágrimas sobre la suciedad. Y sus ojos, sus ojos son tan hermosos que casi me da temor mirarlos y estropearlos, nunca he visto un color igual, son como verdes limón, casi amarillos, y brillantes como el cristal por el exceso de lágrimas. Yo le llamo Gabriel, no se porque imaginé que ese era su nombre.
Gabriel me mira y se agarra a mis piernas y con su mirada me pide socorro. Le tomo en brazos y el apoya su cabecita sobre mi hombro, sentí vergüenza de tener un traje tan hermoso y unos zapatos tan caros y finos. Esto se debía a que yo iba camino de un encuentro importante para mi, y había escogido mis mejores galas...Pero ni siquiera tomé en cuenta la suciedad de sus manitas sobre mi vestido, nada importaba, sólo encontrar a la mamá de Gabriel…
Llegamos a una tienda de alimentos, pequeña, antigua, como las tiendas de mi niñez. Le pregunté al tendero y a dos señoras que compraban allí, si le conocían...hicieran un leve ademán de que si, pero que les daba igual. Parece que Gabriel andaba siempre merodeando por los alrededores y no se le conocía familia ni nadie que le diera cobijo...Les pedí ayuda, mas no me la prestaron. Y yo no podía ni barajar la posibilidad de darle la espalda...¡Dios mio, pensé, la que se le ha venido encima a mis sentimientos, a mi responsabilidad! ¡Y me esperaban al otro lado de la frontera, a sólo unos metros, otro mundo, otra vida, otro espacio, un cielo azul…!
Me decidí a llevarle conmigo, pero al llegar a la frontera que separaba a aquel pueblo sin mas vida que la respiración obligada, de la vida plena del pueblo de al lado me prohibieron sacarle...intenté saltar con él las vallas de madera de solo un metro, pero miles de sombras me rodearon, me impedían avanzar, ¡no con él! ¡no pasarás con él…! No podía mirar a Gabriel y dejarle en el suelo, sin más. Él me miraba y vi un simulacro de sonrisa en sus labios cuando jugaba con mis lágrimas...Creo que le hizo gracia dibujarme la cara con el agua de mis ojos y el barro de sus pequeñas manitas…
No tuve fuerzas para seguir amiga. Me quedé allí, en los limites de la frontera mirando hacia donde estaba mi encuentro importante e hice todo el esfuerzo por desvanecerme en aquel instante...En ese momento Doyle me despertó, no se si era evidente la agitación de mi sueño y decidió volverme al mundo real o fue casualidad, pero de veras, es la primera vez que le agradezco algo. Mas no me dio tiempo a despedirme de Gabriel y sigo con la sensación en el cuerpo de que parte de mi, de mi alma se quedo allí con él...y le cuida…
Si vuelvo, les llevaré ropas y alimentos para él y para mi espectro, pues allí no podría ser otra cosa…
Hoy, Claudia tomo tu escrito como un ejemplo, como un recordatorio de todos esos niños que como Gabriel son desatendidos, olvidados, ultrajados, abandonados, ignorados. Niños sin nombre. Y también para recordar que no podemos cruzar la frontera de la eternidad en esta tierra, que por mucho que avancemos, vamos a morir. Cada uno, elegiremos pues donde dejaremos parte de nuestras almas...
SHA.