Valeria del Mar
Poeta recién llegado
La nada misma se aísla entre los cristales rotos de un castillo arruinado y metido en la hierba sedienta. Lo atrapan los musgos que crecen en demasía y lo acobijan las telarañas que trepan, por las canaletas gastadas de techos sin nombre.
La no existencia se extingue, aún extinta. Se contorsiona entre el vaho provocado por la lluvia y el salitre desprendido por las aguas de aquel mar fatuo y desabrido que la rodea. Rueda sin destino por las intolerancias del tiempo y la vaguedad del espacio.
Los albores de una humanidad obsoleta la dejan sin aliento y comienza a buscar entre mil formas no humanas una cuota de salvación. Se asfixia.
Respira. Y cuando exhala el último de los suspiros el castillo cae como juego de naipes en una mesa redonda, derrocando todo cuanto se le pone en el camino, sin distinción.
La presencia se hace más fuerte y finalmente la nada emerge para quedarse otra vez, entre nosotros.
La no existencia se extingue, aún extinta. Se contorsiona entre el vaho provocado por la lluvia y el salitre desprendido por las aguas de aquel mar fatuo y desabrido que la rodea. Rueda sin destino por las intolerancias del tiempo y la vaguedad del espacio.
Los albores de una humanidad obsoleta la dejan sin aliento y comienza a buscar entre mil formas no humanas una cuota de salvación. Se asfixia.
Respira. Y cuando exhala el último de los suspiros el castillo cae como juego de naipes en una mesa redonda, derrocando todo cuanto se le pone en el camino, sin distinción.
La presencia se hace más fuerte y finalmente la nada emerge para quedarse otra vez, entre nosotros.