Se encontraba Dios un tanto pasado de copas, en plena oscuridad, buscando el baño.
La urgencia impostergable de descansar el esfínter le provocó, en su torpeza, un violento golpe con la mesa de centro en el dedo chiquito del pie.
Y Dios dijo:
¡Carajo! ¡Que se haga la luz!
... y la luz se hizo.