Alejandro Padilla
Poeta recién llegado
Hoy es domingo y pena a cuatro brazos,
piramidal, la tierra y la ceniza,
llora la punta a otra entre las manos
de madre virgen.
Desciende todo el peso de bombilla
con calorías frías del otoño
que aún, en aire, trazan muerto al muro
de mi Gernika.
Entre las piedras más agudas, grises,
bufa el taurino humo de las ruinas,
¡habrá que oír al túmulo y su mudo,
fatal, bramido!
Y yo, guerrero, voy con mi hecatombe
cuajada en blanca capa, con mi lanza
que queda roma y corta, como aguja
de remendar.
Y tú te arrastras, Tauro, por la bóveda,
en nuestra plaza azur das tus tres vueltas,
por los recodos negros de marías
y de mis venas.
Del tiempo suelto la estocada en testa,
del tiempo mismo lánzaste a mi soplo:
nazco entre el asta mía y los dos cuernos
de tu no-ser.
piramidal, la tierra y la ceniza,
llora la punta a otra entre las manos
de madre virgen.
Desciende todo el peso de bombilla
con calorías frías del otoño
que aún, en aire, trazan muerto al muro
de mi Gernika.
Entre las piedras más agudas, grises,
bufa el taurino humo de las ruinas,
¡habrá que oír al túmulo y su mudo,
fatal, bramido!
Y yo, guerrero, voy con mi hecatombe
cuajada en blanca capa, con mi lanza
que queda roma y corta, como aguja
de remendar.
Y tú te arrastras, Tauro, por la bóveda,
en nuestra plaza azur das tus tres vueltas,
por los recodos negros de marías
y de mis venas.
Del tiempo suelto la estocada en testa,
del tiempo mismo lánzaste a mi soplo:
nazco entre el asta mía y los dos cuernos
de tu no-ser.
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