Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
En las inexistentes esquinas
de la glorieta de Quevedo,
a eso de las 7:30,
tu cuerpo,
un racimo aún oscuro de tu cuerpo
de amarillo subido por la boca,
lentamente,
se hace mío.
Comprendes
que para que esto sea posible
es necesario,
limar las asperezas de la calle,
el ocaso perdido de las hojas,
la difusa frontera entre nosotros.
En la glorieta de Quevedo,
a eso de las 7:30, como ya he dicho,
la punzante luz del mirlo
abre las puertas,
y nada queda atrás salvo la noche,
el único lugar que ya no existe,
como dos gotas de agua
que se funden.