Javier Palanca
Poeta fiel al portal
Los ojos más brillantes conocidos,
la juventud en su apogeo,
lanzando hacia la diana
perplejidad en silencios.
Se aplacaron los bullicios,
las bromas en desparpajos,
intentos de seducciones
que soñaban beber alto.
Nunca una pizarra estuvo
tan vigilada y tan tensa,
tan abrumada en la espera
de una clase que no llega.
La mosca que siempre vuela
se siente ya en el olvido,
mientras cada cual escucha
los ritmos de sus latidos.
Cuando el maestro aparezca
no podrá creer la escena,
solo al girar la cabeza
verá una tiza muy densa:
Te quiero tanto Yolanda,
que si dos no somos uno,
no quiero ver el mañana,
prefiero el tren del difunto.
la juventud en su apogeo,
lanzando hacia la diana
perplejidad en silencios.
Se aplacaron los bullicios,
las bromas en desparpajos,
intentos de seducciones
que soñaban beber alto.
Nunca una pizarra estuvo
tan vigilada y tan tensa,
tan abrumada en la espera
de una clase que no llega.
La mosca que siempre vuela
se siente ya en el olvido,
mientras cada cual escucha
los ritmos de sus latidos.
Cuando el maestro aparezca
no podrá creer la escena,
solo al girar la cabeza
verá una tiza muy densa:
Te quiero tanto Yolanda,
que si dos no somos uno,
no quiero ver el mañana,
prefiero el tren del difunto.
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