"El hombre tiene que establecer
un final para la guerra. Sino,
ésta establecerá un fin
para la humanidad."
(John Fitzgerald Kennedy)
un final para la guerra. Sino,
ésta establecerá un fin
para la humanidad."
(John Fitzgerald Kennedy)
Se extendió como sombra dura para convencernos. Sus ojos azules desencantaron la primavera
convirtiéndola en ultimátum .
He visto que emplea un escote muy frío y campos de concentración que destituyen la sustancia
del hombre y la incertidumbre de los niños y las viudeces.
Nos ofreció -sagazmente- su aguardiente para quemar la tierra y rebosar los vasos
secos y panfletarios.
Su voz de coral fue un estallido de doscientas explosiones y cargajadas embargadas. ¡No merece un universo en nuestra humanidad!
En algunos corazones hincó los colmillos de araña y desde entonces, ciertas madrugadas, se despliegan con espantosa brujería.
Su camino,
es un camino de limadura y opacidad que inicia obviando la naturalidad de los abrazos.
A ella descienden quienes no han amado y el dolor no les hace llaga. No han entendido que su empuje
abre el ciclo de muerte impura.
La guerra sorprende a quien ríe y estercola el suelo con hijos que no palparon la paternidad.
El hombre antiguo nos heredó la muerte espiritual al afilar la primera piedra y declararle el combate al hermano.
Por seguir sus pasos abandonamos el beso que dimos. El labio que desamparamos, muy probablemente, no volveremos a besar. Los únicos
derrotados, a pesar de cantar varias victorias, hemos sido nosotros.
¿Qué filosofía
es ésta que nos ha convencido que la herida duele menos que el disparate? ¿Por qué nos es fácil
alargar un arma que conseguir una hilera de dientes en la carcajada?
Para acabar con esta sed inútil,
con esta decolorante ceguera, hay que plegar algunos ideales, coronando el amor como alternativa, sin olvidar que aún
no se ha aceptado ninguna victoria que engendre la paz necesaria. Vernos de cerca,
arrimar nuestros rostros al nivel del corazón y decirnos que hemos sido hechos para la amistad, que somos un fracaso ordinario para la contienda.
No necesitamos la guerra, no necesitamos sus dolencias para nuestras ciudades lamentables,
aunque nos ofrezca, como retribución, un puesto alto en el pedestal, porque dura lo que dura
la sangre al desembocarse de las venas.
Es menester, cuanto antes, establecer un término, para que la humanidad no caiga
en el sitio donde se aglomeran los recuerdos.