Leonardo Vinci
Poeta recién llegado
No te escribo porque me duelen las manos, me duelen demasiado. Por eso decidí hablarte, aunque no sé si me puedas escuchar. Pero hablo solo; y es como si a partir de mis palabras te fueras construyendo. Casi fractal te vas apareciendo; te crecen los ojos cuando aprieto los míos en esta oscuridad tan terrible, antropófaga; te crecen como dos esferas meticulosas que me miran. Tu aliento comienza a aparearse, se refriega por mi cara como un vapor que voy inventando al tocarte con el dedo, con este dedo mágico que da vueltas en el aire y te trae de la nada, que te rescata de mí mismo. Con los dientes voy deshaciendo de a una las cerezas enhebradas en tus labios, y me van tiñendo la boca mientras liberan su perfume; y entonces nuestras lenguas comienzan a amancebarse, se arrastran de una cavidad a otra, enrojecidas y resbaladizas como dos moluscos enamorados. Yo te hablo, hablo y te vas saliendo de mi garganta negra de olvido y seca, como si te fueras desenrollando o despertando después de haber dormido en el caracol de mi laringe. Te hablo, y estás tan adentro mío, que quizás sí me puedas escuchar.
Última edición: