Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
La sombra de la Aquiana, el pico más alto de las montañas de Niebla que se contemplaban a lo lejos, llegaba con la caída de la tarde, saltando el arroyo Cantarín hasta la senda de los Gamos. Era una vereda estrecha y tranquila que recorrían estas criaturas cuando cambiaban de pastos. Enmarcaban la senda las aulagas que, en este tiempo, se hallaban vestidas de hermosas flores amarillas. La senda, cuando se separaba del arroyo, se internaba en una zona boscosa para acabar en una pequeña pradera rodeada de alcornoques, magníficos árboles centenarios de grandes troncos y gruesas ramas que les daban un aspecto imponente.
En uno de ellos tiene su casa durante la primavera y el verano, un hada de pelo moreno y ojos profundos y vivarachos. Se llama Hanna aunque todos la llaman Nuqui. Es un hada con alas y con tareas asignadas por los mismos reyes. Además de cuidar de los árboles y las plantas del lugar, debe vigilar la senda de los Gamos para evitar que estos animales sufran accidentes y además tiene a su cargo una docena de pollos de alondra a los que tiene que enseñar a cantar. Aunque parecen tareas fáciles, no creáis que lo son, pues los gamos son muy tozudos y las pequeñas alondras se distraen con cualquier cosa. Hay que reconocer que Nuqui tiene mucha paciencia y, además, es muy cuidadosa. Normalmente tiene todo en orden y las cosas en el alcornocal van muy bien.
Por eso, un día se extrañó al oír unos ruidos extraños, mezcla de bufidos y llantos, que llamaron su atención. Se acercó a ver qué ocurría y su sorpresa fue mayúscula cuando vio un par de pies de cabra que asomaban pataleando de un arbusto de espino albar que se hallaba al final de la senda. De allí provenían aquellos ruidos raros que se acompañaban de voces casi ininteligibles y gritos. Se acercó nuestra amiga a ver qué podía ser aquello, tiró hacia fuera del espino de aquel par de patas y apareció el cuerpo pequeño de un fauno niño que se había empotrado contra el matorral y había quedado enganchado por los cuernos. De buena gana se hubiese echado a reír, pero la cara de susto y enfado que tenía el pequeño reprimieron la carcajada que ya le asomaba a los labios.
Como pudo, tirando de un lado, apartando otro y separando los espinos enganchados a los cuernos con mucho cuidado, consiguió sacarlo. Durante un rato no logró saber cómo había ocurrido aquel percance, pues el fauno estaba muy enfadado y no respondía a ninguna de las preguntas que Nuqui le hizo. De modo que lo cogió, lo acercó hasta el arroyo Cantarín y allí lo lavó y curó los rasponazos que las espinas le habían hecho.
- ¿Cómo te llamas? Yo me llamo Nuqui- dijo el hada
- Me llamo Fred- fue lo primero que dijo el fauno.
Con un poco de paciencia y algo de miel de alcornoque que le habían regalado las abejas, Nuqui llevó a Fred hasta su casa y por el camino, éste, contó su aventura.
Entre sus amigos tenía fama de cabezota y mal genio. Decía que todas las cosas le salían mal. Si alguien tropezaba y se hacía un esguince en la pata de cabra, siempre le tocaba a él. Si en el baile alguno se caía, era él (y ya sabéis lo importante que es el baile para los faunos). No conseguía hacer una flauta que sonase bien, En fin que nada iba como quería y se había enfadado. Como consecuencia del enfado, sus papás le habían llamado la atención y él se había marchado corriendo sin parar y sin mirar hasta que al cabo de un buen rato acabó de cabeza y cuernos en el espino albar. Ahora no sabía donde estaba, ni por que sitios había venido y se encontraba perdido.
Ciertamente fue una suerte que Hanna lo encontrase, pues de otro modo era poco probable que alguien hubiese podido ayudarle, ya que por aquella zona muy pocos seres se aventuraban. Como estaba anocheciendo nuestra amiga, después de curarlo y tranquilizarlo, preparó una buena cena con un puré de bellotas y un rico postre a base de nueces y avellanas bañadas en miel y rocío. Tras cenar, en un rincón hizo una cama con la borra que dejan los conejos cuando pasan entre las zarzas y allí se acostó Fred, quien pasó toda la noche durmiendo como un bendito.
A la mañana siguiente tras despertarse y lavarse, Nuqui puso el desayuno a base de compota de manzanas y fresas silvestres. Fred parecía de mejor humor e, incluso, contento, pero se negó a volver donde estaban los faunos.
- ¿No quieres ir con tus padres? – preguntó Hanna.
- No – respondió Fred, para sorpresa del hada.
- ¿Por qué? – insistió ella.
- Porque no soy capaz de hacer una flauta que suene bien. Y… ¿qué es un fauno con una flauta de Pan que no suena? – dijo Fred entristecido de repente.
-Bueno, yo te ayudaré – fue la respuesta de Nuqui.
Y así fue. El hada y el fauno se acercaron hasta el arroyo, bajaron por su ribera hasta una rebolla en la que el arroyo se ensanchaba y preparaba un pequeño remanso. Allí crecían unas hermosas cañas de bambú que se mecían con la brisa del aire. Mirando con cuidado, encontraron un par de cañas que los temporales del invierno habían tumbado y que estaban secas en la orilla. Aquel par de cañas les podían venir muy bien. Las cogieron y se fueron hasta el alcornocal dispuestos a realizar una hermosa tarea.
La verdad es que no era de extrañar que Fred no hiciera buenas flautas, pues era un poco chapucero, quería hacer todo en un momento, con prisas, sin tomar medidas ni preparar bien los materiales. De modo que Nuqui tuvo que armarse de paciencia y empezar paso a paso a enseñarle cómo hacerla. Primero buscaron las mejores partes de las cañas que habían cogido, quitando las zonas rotas o podridas. Una vez que hicieron esto, tomaron las medidas para que cada trozo de caña diese las notas que querían escuchar y así las fueron cortando con mucho cuidado para no estropearlas y para no cortarse ellos ni hacerse heridas. Cuando tuvieron siete cañas que sonaban bien y daban la escala completa, las colocaron por orden y las sujetaron con finas tiras que sacaron de los trozos de caña que no utilizaron y que cumplieron la función de mantener las cañas agrupadas y bien colocadas.
Con el instrumento hecho, Fred empezó a tocar pero, como siempre, nuestro amigo apresurado quería hacer las cosas en un instante y claro, saber tocar lleva tiempo y no es algo que consigamos sin más ni más.
Hanna, que estaba acostumbrada a enseñar a cantar a las alondras, tuvo que hacer acopio de toda su paciencia e irle enseñando poco a poco, primero la escala, luego músicas sencillas para, al cabo de un tiempo, tocar relativamente bien. Fred estaba entusiasmado. Le parecía que nunca había conseguido sacar melodías de una flauta y aquella sonaba tan bien que seguro que dejaría a todos asombrados.
De esta manera, Fred dijo un día a Hanna que quería volver con los suyos, que ahora, aunque no fuese el mejor flautista, por lo menos no tendría que avergonzarse de no saber tocar.
Dejó todo preparado Hanna en su casa, avisó a los reyes de que tendría que ausentarse unos días para llevar a Fred a su hogar y se fueron los dos. Bajaron bordeando el arroyo Cantarín, cruzaron el puente de las Risas, subieron por el valle del Silencio y llegaron al fin al campo de las Danzas, donde viven los faunos. Para sorpresa de nuestra hada, allí se encontró con Titania y Oberón y con todos los faunos de la comarca. Avisados por Titania, los faunos sabían que Fred estaba bien cuidado y conocían la fecha en que iba a volver a casa. Prepararon una gran fiesta y tras cenar abundantemente, comenzó el baile. Los faunos se apresuraron a sacar sus flautas de Pan y uno tras otro lanzaron sus hermosas melodías al aire. Incluso Oberón sacó su gaita y entonó las bellas canciones de su reino. Cuando iba a tocar el turno de Fred, Titania lo llamó a su lado. Cuando lo tuvo cerca, miró sus ojos y le preguntó que si había aprendido algo.
- A ser paciente, trabajador y evitar el mal genio – respondió el fauno.
Entonces Titania dejó caer polvo de hadas sobre la flauta de Pan de nuestro amigo y cuando éste comenzó a tocar, su flauta sonaba especialmente armoniosa y bella, dejando a todos asombrados de las preciosas melodías que era capaz de sacar de ella.
Y a Oberón le parecía que aquella flauta sonaba tan limpia y clara como la risa de Titania cuando estaba alegre.
En uno de ellos tiene su casa durante la primavera y el verano, un hada de pelo moreno y ojos profundos y vivarachos. Se llama Hanna aunque todos la llaman Nuqui. Es un hada con alas y con tareas asignadas por los mismos reyes. Además de cuidar de los árboles y las plantas del lugar, debe vigilar la senda de los Gamos para evitar que estos animales sufran accidentes y además tiene a su cargo una docena de pollos de alondra a los que tiene que enseñar a cantar. Aunque parecen tareas fáciles, no creáis que lo son, pues los gamos son muy tozudos y las pequeñas alondras se distraen con cualquier cosa. Hay que reconocer que Nuqui tiene mucha paciencia y, además, es muy cuidadosa. Normalmente tiene todo en orden y las cosas en el alcornocal van muy bien.
Por eso, un día se extrañó al oír unos ruidos extraños, mezcla de bufidos y llantos, que llamaron su atención. Se acercó a ver qué ocurría y su sorpresa fue mayúscula cuando vio un par de pies de cabra que asomaban pataleando de un arbusto de espino albar que se hallaba al final de la senda. De allí provenían aquellos ruidos raros que se acompañaban de voces casi ininteligibles y gritos. Se acercó nuestra amiga a ver qué podía ser aquello, tiró hacia fuera del espino de aquel par de patas y apareció el cuerpo pequeño de un fauno niño que se había empotrado contra el matorral y había quedado enganchado por los cuernos. De buena gana se hubiese echado a reír, pero la cara de susto y enfado que tenía el pequeño reprimieron la carcajada que ya le asomaba a los labios.
Como pudo, tirando de un lado, apartando otro y separando los espinos enganchados a los cuernos con mucho cuidado, consiguió sacarlo. Durante un rato no logró saber cómo había ocurrido aquel percance, pues el fauno estaba muy enfadado y no respondía a ninguna de las preguntas que Nuqui le hizo. De modo que lo cogió, lo acercó hasta el arroyo Cantarín y allí lo lavó y curó los rasponazos que las espinas le habían hecho.
- ¿Cómo te llamas? Yo me llamo Nuqui- dijo el hada
- Me llamo Fred- fue lo primero que dijo el fauno.
Con un poco de paciencia y algo de miel de alcornoque que le habían regalado las abejas, Nuqui llevó a Fred hasta su casa y por el camino, éste, contó su aventura.
Entre sus amigos tenía fama de cabezota y mal genio. Decía que todas las cosas le salían mal. Si alguien tropezaba y se hacía un esguince en la pata de cabra, siempre le tocaba a él. Si en el baile alguno se caía, era él (y ya sabéis lo importante que es el baile para los faunos). No conseguía hacer una flauta que sonase bien, En fin que nada iba como quería y se había enfadado. Como consecuencia del enfado, sus papás le habían llamado la atención y él se había marchado corriendo sin parar y sin mirar hasta que al cabo de un buen rato acabó de cabeza y cuernos en el espino albar. Ahora no sabía donde estaba, ni por que sitios había venido y se encontraba perdido.
Ciertamente fue una suerte que Hanna lo encontrase, pues de otro modo era poco probable que alguien hubiese podido ayudarle, ya que por aquella zona muy pocos seres se aventuraban. Como estaba anocheciendo nuestra amiga, después de curarlo y tranquilizarlo, preparó una buena cena con un puré de bellotas y un rico postre a base de nueces y avellanas bañadas en miel y rocío. Tras cenar, en un rincón hizo una cama con la borra que dejan los conejos cuando pasan entre las zarzas y allí se acostó Fred, quien pasó toda la noche durmiendo como un bendito.
A la mañana siguiente tras despertarse y lavarse, Nuqui puso el desayuno a base de compota de manzanas y fresas silvestres. Fred parecía de mejor humor e, incluso, contento, pero se negó a volver donde estaban los faunos.
- ¿No quieres ir con tus padres? – preguntó Hanna.
- No – respondió Fred, para sorpresa del hada.
- ¿Por qué? – insistió ella.
- Porque no soy capaz de hacer una flauta que suene bien. Y… ¿qué es un fauno con una flauta de Pan que no suena? – dijo Fred entristecido de repente.
-Bueno, yo te ayudaré – fue la respuesta de Nuqui.
Y así fue. El hada y el fauno se acercaron hasta el arroyo, bajaron por su ribera hasta una rebolla en la que el arroyo se ensanchaba y preparaba un pequeño remanso. Allí crecían unas hermosas cañas de bambú que se mecían con la brisa del aire. Mirando con cuidado, encontraron un par de cañas que los temporales del invierno habían tumbado y que estaban secas en la orilla. Aquel par de cañas les podían venir muy bien. Las cogieron y se fueron hasta el alcornocal dispuestos a realizar una hermosa tarea.
La verdad es que no era de extrañar que Fred no hiciera buenas flautas, pues era un poco chapucero, quería hacer todo en un momento, con prisas, sin tomar medidas ni preparar bien los materiales. De modo que Nuqui tuvo que armarse de paciencia y empezar paso a paso a enseñarle cómo hacerla. Primero buscaron las mejores partes de las cañas que habían cogido, quitando las zonas rotas o podridas. Una vez que hicieron esto, tomaron las medidas para que cada trozo de caña diese las notas que querían escuchar y así las fueron cortando con mucho cuidado para no estropearlas y para no cortarse ellos ni hacerse heridas. Cuando tuvieron siete cañas que sonaban bien y daban la escala completa, las colocaron por orden y las sujetaron con finas tiras que sacaron de los trozos de caña que no utilizaron y que cumplieron la función de mantener las cañas agrupadas y bien colocadas.
Con el instrumento hecho, Fred empezó a tocar pero, como siempre, nuestro amigo apresurado quería hacer las cosas en un instante y claro, saber tocar lleva tiempo y no es algo que consigamos sin más ni más.
Hanna, que estaba acostumbrada a enseñar a cantar a las alondras, tuvo que hacer acopio de toda su paciencia e irle enseñando poco a poco, primero la escala, luego músicas sencillas para, al cabo de un tiempo, tocar relativamente bien. Fred estaba entusiasmado. Le parecía que nunca había conseguido sacar melodías de una flauta y aquella sonaba tan bien que seguro que dejaría a todos asombrados.
De esta manera, Fred dijo un día a Hanna que quería volver con los suyos, que ahora, aunque no fuese el mejor flautista, por lo menos no tendría que avergonzarse de no saber tocar.
Dejó todo preparado Hanna en su casa, avisó a los reyes de que tendría que ausentarse unos días para llevar a Fred a su hogar y se fueron los dos. Bajaron bordeando el arroyo Cantarín, cruzaron el puente de las Risas, subieron por el valle del Silencio y llegaron al fin al campo de las Danzas, donde viven los faunos. Para sorpresa de nuestra hada, allí se encontró con Titania y Oberón y con todos los faunos de la comarca. Avisados por Titania, los faunos sabían que Fred estaba bien cuidado y conocían la fecha en que iba a volver a casa. Prepararon una gran fiesta y tras cenar abundantemente, comenzó el baile. Los faunos se apresuraron a sacar sus flautas de Pan y uno tras otro lanzaron sus hermosas melodías al aire. Incluso Oberón sacó su gaita y entonó las bellas canciones de su reino. Cuando iba a tocar el turno de Fred, Titania lo llamó a su lado. Cuando lo tuvo cerca, miró sus ojos y le preguntó que si había aprendido algo.
- A ser paciente, trabajador y evitar el mal genio – respondió el fauno.
Entonces Titania dejó caer polvo de hadas sobre la flauta de Pan de nuestro amigo y cuando éste comenzó a tocar, su flauta sonaba especialmente armoniosa y bella, dejando a todos asombrados de las preciosas melodías que era capaz de sacar de ella.
Y a Oberón le parecía que aquella flauta sonaba tan limpia y clara como la risa de Titania cuando estaba alegre.