El hielo escarchado en el fondo legamoso de mis pupilas empapadas en alcohol se va derritiendo al compás de un vendaval lúgubre que la noche de incierto brillo plomizo no hace descansar,en el regazo fúnebre de mi corazón desgarrado sin piedad por principescos enanos fantasmales,cuyo único objetivo es inmolarme en el altar de las eyaculaciones. Pero yo,truhán y avispado espíritu de oropel traslúcido,los engaño con sermones de iglesia delirantes para que les entre la modorra alcohólica de un sueño que los consuma cual una brasa de calenturiento parto al rojo vivo.Eso me divierte,y en noches insomnes encharcadas de agua impura río con hilaridad cuando contemplo la imagen de miles de suicidas levitando sobre sus camas mohosas de un destartalado hospital.Esos imbéciles no están muertos:se alimentan de mis vacuos recuerdos inmortales,sorbiéndolos cual el zumo ácido de un veneno que se les antoja vino de oporto. Por eso cierro el grifo y dejo que se difuminen sin piedad en un limbo de brillantina cuyo soporte es ni más ni menos que la lengua hinchada del todopoderoso Satanás;el cual los contempla cual parásitos que en un futuro no muy remoto la mano de Dios no dudará impíamente en aplastar.