¡Hasta que la muerte os separe! (se confundió el cura)
"Historia adornada cuyo final es verídico"
¡Hasta que la muerte os separe! les dijo el cura del pueblo harían hoy sesenta y dos años a Eustaquia y Juan, un matrimonio bien avenido por todos los familiares y como no, no podía faltar la opinión de los vecinos del pueblo, bueno al principio no eran todos, sería algo extraordinario que los casi ciento cincuenta habitantes de este pequeño pueblo norteño de Santander llamado Polanco, un lugar muy tranquilo rodeado por montañas y verdosos pastos con un aroma embriagador y unas vistas cautivadoras, estuviesen de acuerdo. Se conocían desde muy niños pero no sería hasta los catorce años cuando sus encuentros y conversaciones cada vez eran más frecuentes, si bien es cierto, es justo decir que Juan con la excusa de ayudar al padre de Eustaquia bien fuera para ordeñar las cuatro vacas que tenía o recoger los productos de la huerta, aprovechaba para estar más tiempo con ella.
A Justiniana, madre de Eustaquia, le caía muy bien Juan y le tenía mucha estima pero ella ya le había echado el ojo a un mozo de buen porte y con vistas a fuera del pueblo y en más de una ocasión le repetía... “Hija, tú con Evaristo, que tiene las dos cosas, muy guapo y sus padres, dinero en el banco;"
A lo que ella respondía...
" Madre, ya sé que es guapo, que tiene dinero, que quiere irse a la ciudad y usted quiere que yo salga del pueblo, pero yo quiero a Juan y tanto a él como a mí nos gusta vivir aquí".
En cambio su padre Eustaquio, veía con muy buenos ojos que su hija se quedara en el pueblo, primero porque así la vería todos los días y si le necesitara, lo tendría al lado. Y en segundo lugar, porque conocía muy bien a Juan, un chico muy trabajador, bonachón por los cuatro costados, de padres humildes y trabajadores, gente muy noble que tenían siempre la puerta de su casa abierta para todo aquel que necesitara algo. Juan, tenía un sueño, desde pequeño no hacía más que dibujar casas y como aquello de estudiar para arquitecto, estaba al alcance de muy pocos, según fue creciendo, ya lo tuvo claro, quería ser, maestro de obras.
Juan y Eustaquio, congeniaron desde el principio pues ambos eran verdaderos artistas con las manos, tan pronto hacían de carpinteros como de fontaneros o electricistas, al margen de su habilidad para ordeñar las vacas, algo muy necesario que enseñaban a muy corta edad ya que no había nadie en el pueblo que no tuviera un par de ellas y unas cuantas gallinas.
Juan, no tardó en ponerse a trabajar, mostrando rápidamente sus habilidades en la construcción y en poco más de un año, pasó de peón a oficial de primera y hombre de confianza de Marcelino, un constructor (al margen de ser amigo de Eustaquio, quien le recomendó al chaval) que se fue haciendo un nombre en la ciudad y en el pueblo y al que mucha gente le tenían gran aprecio.
A la temprana edad de veintiún años, Juan y Eustaquia, contrajeron matrimonio, tuvieron dos hijos, Manuela y Jacinto. Juan, hizo realidad su sueño, llego a maestro de obras y la casa donde habrían de vivir toda su vida, en vez de construirla el mismo con la ayuda de su suegro como así lo tenía pensado, fue levantada a costa de Marcelino como regalo de bodas.
Todas las mañanas, antes de irse a trabajar, Juan, tomó por costumbre,(una hermosa costumbre) de dejar una flor dentro de un vaso con agua en la mesilla de noche del lado donde dormía Taqui (que así le llamaba cariñosamente Juan a su mujer) para cuando se despertara, la flor le diera los buenos días en su nombre ( como solía decir). Acto seguido dejaba ordeñadas las vacas y el pienso para las gallinas de modo que para cuando Taqui se levantara sobre las ocho de la mañana, lo único que tenía que hacer era dejar a las vacas pacer por el prado y a las gallinas abrirlas el corral para luego hacer las tareas de la casa que no eran pocas y dedicarse a su pequeña huerta. Cuando Juan llegaba por las tardes, se ocupaba de limpiar la cuadra y el gallinero y si les sobraba tiempo y el clima les acompañaba, salían a pasear por el pueblo y a departir amenamente con los vecinos. (Cabe resaltar que por aquellos años no había aceras y los paseos eran por caminos de tierra grava o embarrados)
Así, fueron transcurriendo los días, los meses, los años. Sus dos hijos, Manuela y Jacinto, como era de esperar, en cuanto encontraron sus respectivas parejas, se casaron y se fueron a vivir a la ciudad, cierto es que Manuela encontró trabajo de profesora en Santander y Jacinto continuó con la profesión de su padre pero al estar más tiempo fuera que en el pueblo, optó por comprarse allí una casa. No obstante de la ciudad al pueblo no llegaba a la hora por lo que los fines de semana, raro era que no se quedaran a pasar el día o a dormir en Polanco.
Juan se jubiló a los sesenta y cinco años y no faltó un solo día a su cita en dejar cada mañana una flor en el vaso con agua en la mesilla de Taqui, a pesar de que ya no trabajaba, él se levantaba temprano para ordeñar las vacas, limpiar la cuadra y dar de comer a las gallinas y quería que su flor le siguiera dando los buenos días en su nombre. Unos años más tarde, Juan se levantó como cada mañana, se fue al prado y cogió una hermosa rosa roja que la primavera regalaba, la depositó como era costumbre y se dirigió a la tarea. Cuando terminó dos horas más tarde, al entrar en la casa, se dirigió a la cocina y se extrañó que Taqui no le hubiese preparado el desayuno, una hogaza de pan con buen tazón de pura leche.
¡Taqui, Taqui! Le llamaba Juan.
Al ver que no respondía, la preocupación iba en aumento. Subió los diez escalones que dividían la planta baja en donde estaba el salón con su chimenea, la cocina, y un cuarto de baño, de la parte de arriba que era donde se hallaban las habitaciones y al entrar en la suya, fue entonces cuando la encontró dormida con su cara angelical, pero algo le decía que no iba bien, no era normal que no se hubiese levantado y al tocarla la frente, no pudo evitar dar un respingo, su corazón empezó a latir fuertemente, sus firmes y callosas manos tornaron a dubitativas y trémulas. Taqui, su compañera y único amor de toda una vida, se había marchado.
Pasaron unos días y Juan no se había movido de su lado, sentado al borde de la cama, tenía la mano izquierda de Taqui entre sus dos manos, sus ojos no cesaban en mirarla mientras caían silenciosas lágrimas sangrantes, no existía el día, no había noches ni lunas, tan solo estaban los dos en la casa de su vida. De pronto Juan soltó su mano, con sus trémulas piernas, se dirigió a la cuadra y abrió los portones, sacó a las vacas dejándolas en el prado, luego abrió el gallinero haciendo lo propio con las gallinas y se fue a coger, la rosa más grande que había y al igual que a las otras, antes de dejarla en la mesilla, se cuidó de quitarla las espinas, para posteriormente tumbarse a su lado, abrazarla dulcemente mientras le brindaba un dulce y cálido beso en los labios y sonriéndola le dijo...
“se confundió el cura, verdad Taqui"
Y así, mirándola tiernamente, pasó su brazo izquierdo por debajo de la cabeza de Taqui, su brazo derecho, reposaba sobre su cadera, juntó su mejilla con la de su mujer y cerrando los ojos, abrazado al amor de su vida, Juan, nunca los volvió a abrir.
¡Hasta que la muerte os separe! (se confundió el cura)
Luis
Derechos reservados
Última edición: