Ladime Volcán
Poeta que considera el portal su segunda casa
Que no me mueva más el amor
¡Qué no me mueva!
Que la batalla en el aire
se bate juntando penas.
Que se callen los silencios
¡Qué se callen!
Que llevo de este suplicio
casi una perpetua condena.
¡Qué todo se vaya al infierno!
Exclama esta niña buena,
hastiada de sufrimiento
y de indecisiones repleta.
Que casi ha escrito estos versos,
con los ojos entre vendas
Que casi doblega el riesgo,
y el corazón se cercena
Que hoy día me entrego
Que la pasión está llena
Que la oscuridad de la ignominia,
encandiló mi triste pena.
Que alguien me llueva
¡Qué alguien se crezca!,
y en el abismo de una nube
entierre daga certera,
en este sentimiento inútil
recostado a mi vendetta
Que yo bendigo el puño en la daga
Y bendigo al alma que esté dispuesta.
Que no se calme la brisa
Porque el silencio resuella
Y ese estúpido atormenta, llovizna y deja su huella.
Mas hoy, yo necesito, que me inunden desde afuera.
Como por demás necesité tantas cosas
que nunca llegué a tenerlas
-ninguna fue material-
y todas cupieron, en las oscuras cavernas
esculpidas por el destino en el mar,
debajo de mis propias ternezas.
Que no se apague la noche
¡Qué las estrellas no se venzan!
Que si caducan a fecha,
¡pues qué se la extiendan!;
igual cobran intereses
en almas que se aglomeran
y frente a las puertas del infierno
brillamos como luciérnagas
¡Qué no me mueva!
Que la batalla en el aire
se bate juntando penas.
Que se callen los silencios
¡Qué se callen!
Que llevo de este suplicio
casi una perpetua condena.
¡Qué todo se vaya al infierno!
Exclama esta niña buena,
hastiada de sufrimiento
y de indecisiones repleta.
Que casi ha escrito estos versos,
con los ojos entre vendas
Que casi doblega el riesgo,
y el corazón se cercena
Que hoy día me entrego
Que la pasión está llena
Que la oscuridad de la ignominia,
encandiló mi triste pena.
Que alguien me llueva
¡Qué alguien se crezca!,
y en el abismo de una nube
entierre daga certera,
en este sentimiento inútil
recostado a mi vendetta
Que yo bendigo el puño en la daga
Y bendigo al alma que esté dispuesta.
Que no se calme la brisa
Porque el silencio resuella
Y ese estúpido atormenta, llovizna y deja su huella.
Mas hoy, yo necesito, que me inunden desde afuera.
Como por demás necesité tantas cosas
que nunca llegué a tenerlas
-ninguna fue material-
y todas cupieron, en las oscuras cavernas
esculpidas por el destino en el mar,
debajo de mis propias ternezas.
Que no se apague la noche
¡Qué las estrellas no se venzan!
Que si caducan a fecha,
¡pues qué se la extiendan!;
igual cobran intereses
en almas que se aglomeran
y frente a las puertas del infierno
brillamos como luciérnagas
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