Hay madres

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Mecenas
Hay madres
que todavía nos hablan
aunque lleven años muertas.

Uno las escucha en la cocina,
en el ruido de una olla,
en el café demasiado temprano,
en esa manera extraña
en que la mañana se parece a sus manos.

Mi madre, por ejemplo,
a veces vuelve en el olor del jabón,
en una canción vieja,
o en el cansancio de ciertos domingos.

Y entonces duele bonito.

Porque las madres nunca terminan de irse.
Se quedan viviendo
como una lámpara encendida
en el fondo más oscuro del pecho.

También están las otras.

Las que esperan.

Las madres que miran el teléfono de madrugada.
Las que rezan bajito para no romperse.
Las que tienen un hijo lejos,
preso,
enfermo,
perdido,
o simplemente creciendo demasiado rápido.

¡Qué duro es ser madre!

Nadie lo dice lo suficiente.

Porque una madre aprende a vivir partida:
una parte de ella cocina, ríe, trabaja,
y la otra
vive arrodillada en el miedo.

Y están las madres solas.
Las cansadas.
Las que cruzaron fronteras
con un niño dormido en los brazos
y el terror escondido entre los dientes.

Las que no tuvieron tiempo de llorar
porque había que seguir.

A esas madres
yo quisiera abrazarlas una por una.

Decirles:
ustedes sostienen el mundo
aunque nadie les aplauda.

Porque el amor de una madre
no se parece a nada.

Es un amor terco.
Hambriento.
Desvelado.

Un amor que sigue poniendo un plato extra en la mesa
aunque el hijo ya no vuelva.

Y hoy,
en este día lleno de flores y fotografías,
yo quiero levantar un vaso
por todas.

Por las que estén.
Por las que ya descansan.
Por las que esperan una llamada.
Por las que lloran en silencio.
Por las que aún siguen luchando, rotas.

Porque si Dios existe,
debe tener algo de madre.

Algo de esa manera inmensa
de amar sin medida
y quedarse
incluso cuando todos se han ido.
 

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