RAUL CONTRERAS
Poeta recién llegado
Hay un camino hacia el sur que puede parecer
largo si se mide desde el norte, interminable
si se piensa desde el norte, pero irrelevante,
cuando es la traslación del pensamiento en busca de la memoria.
En dirección opuesta a este norte vital, hay un lugar
fecundo donde se baña la luna, donde un rayo de sol
intermitente palidece ante el verdor de la tierra.
Un río con vaivenes de plata que copula con el mar,
un barco escorado que es escarnio de las olas
y un tren en vía muerta con pasajes de ausencia.
Hay un sauce que gime su melancolía hilvanado a su sombra,
una alondra que olvidó su canto, una página manchada
de amor inacabado y un poema: versos de Neruda.
Pareciera no haber otros indicios, ¿verdad?, ni puentes
ni cartas mal escritas, ni lazos que embriden estas dos geografías,
pero hay nombres que vienen en silencio, en silencio murmullos que se van.
Hay un reloj que detuvo su andar entre la niebla y el olvido,
un afluente que perdió su cauce y una isla con destellos de rocío,
como iluminando el camino de vuelta a casa.
Hay viejos robles envejecidos de primaveras, ¡cuántas primaveras
envejeciendo¡, alamedas otoñales acunadas por el viento y la lozanía
y frescura del pastizal.
La soledad, la lozanía, el pastizal, la adolescencia, la soledad.
Hay antiguas fábricas allá a la vera del río, allá, con su trasiego de humos;
arriba, junto al embarcadero y sudores elevándose, y sudores mal pagados
y sudores como hiedras trepando a un cielo, cuando no gris, azul intenso.
Hay gabarras en los muelles, maderas, olores y bosques y olvido: desarraigo
en los muelles.
Y como ensoñación la estela de mi barca, las velas, el rumbo de mi barca bajo
los puentes de Valdivia, profanando la imagen serena que de ellos retuviera el río.
Y la plaza de la república, donde íbamos a embriagarnos de juventud cada
domingo y que luego...¡que pronto ya es pasado!.
Y los sueños, y en medio del paseo dominical, la inocencia de dos, y la pureza,
y la transparencia, también de dos.
Y en el instituto en días lluviosos, (casi llueve más que amaina)
cuando el baile anual, cuando entonces soñábamos, entonces, con la chica
más encantadora de la clase y como colofón de la fiesta, esperábamos el calor
de ese cuerpo que nunca acariciábamos.
Era el sueño de una noche de invierno, la víspera de ayer.
También hay el frío temprano, persistente, el atardecer nocturno, el paraguas
compartido y la ilusión de un romance, cuando mucho efímero, o la calidez
de una boca con el rumor de una promesa. Era otra época.
....hay un lugar donde se duerme la tarde...
donde los estudios, las licenciaturas, donde la alegría por el triunfo o el abismo
que se abre ante el fracaso, son como estos versos: un espacio en la memoria.
Hay un camino hacia el sur
que puede parecer largo
si se mide con el norte.
largo si se mide desde el norte, interminable
si se piensa desde el norte, pero irrelevante,
cuando es la traslación del pensamiento en busca de la memoria.
En dirección opuesta a este norte vital, hay un lugar
fecundo donde se baña la luna, donde un rayo de sol
intermitente palidece ante el verdor de la tierra.
Un río con vaivenes de plata que copula con el mar,
un barco escorado que es escarnio de las olas
y un tren en vía muerta con pasajes de ausencia.
Hay un sauce que gime su melancolía hilvanado a su sombra,
una alondra que olvidó su canto, una página manchada
de amor inacabado y un poema: versos de Neruda.
Pareciera no haber otros indicios, ¿verdad?, ni puentes
ni cartas mal escritas, ni lazos que embriden estas dos geografías,
pero hay nombres que vienen en silencio, en silencio murmullos que se van.
Hay un reloj que detuvo su andar entre la niebla y el olvido,
un afluente que perdió su cauce y una isla con destellos de rocío,
como iluminando el camino de vuelta a casa.
Hay viejos robles envejecidos de primaveras, ¡cuántas primaveras
envejeciendo¡, alamedas otoñales acunadas por el viento y la lozanía
y frescura del pastizal.
La soledad, la lozanía, el pastizal, la adolescencia, la soledad.
Hay antiguas fábricas allá a la vera del río, allá, con su trasiego de humos;
arriba, junto al embarcadero y sudores elevándose, y sudores mal pagados
y sudores como hiedras trepando a un cielo, cuando no gris, azul intenso.
Hay gabarras en los muelles, maderas, olores y bosques y olvido: desarraigo
en los muelles.
Y como ensoñación la estela de mi barca, las velas, el rumbo de mi barca bajo
los puentes de Valdivia, profanando la imagen serena que de ellos retuviera el río.
Y la plaza de la república, donde íbamos a embriagarnos de juventud cada
domingo y que luego...¡que pronto ya es pasado!.
Y los sueños, y en medio del paseo dominical, la inocencia de dos, y la pureza,
y la transparencia, también de dos.
Y en el instituto en días lluviosos, (casi llueve más que amaina)
cuando el baile anual, cuando entonces soñábamos, entonces, con la chica
más encantadora de la clase y como colofón de la fiesta, esperábamos el calor
de ese cuerpo que nunca acariciábamos.
Era el sueño de una noche de invierno, la víspera de ayer.
También hay el frío temprano, persistente, el atardecer nocturno, el paraguas
compartido y la ilusión de un romance, cuando mucho efímero, o la calidez
de una boca con el rumor de una promesa. Era otra época.
....hay un lugar donde se duerme la tarde...
donde los estudios, las licenciaturas, donde la alegría por el triunfo o el abismo
que se abre ante el fracaso, son como estos versos: un espacio en la memoria.
Hay un camino hacia el sur
que puede parecer largo
si se mide con el norte.