No sé de dónde vino mi deseo,
quizás porque es la vida un parpadeo
y busco en cada instante mi verdad,
quise acabar el año en soledad.
Mi alma fugitiva de ermitaña
encontró su refugio en la montaña,
una casa de piedra entre los pinos,
guardianes que custodian los caminos.
Detrás de los cristales, un paisaje
de inmensa paz me brinda este paraje.
Llegaron con la noche las estrellas,
desde mi oscuridad brillé con ellas.
Llovió y llovió. De pronto, sin aviso,
pareció inundarse el paraíso,
mañana con el sol del nuevo día
olvidaré que fui melancolía.
Sonó el reloj, solemne e implacable,
con su sentencia cruel e irrevocable
y se tragó en las doce campanadas
las horas que mi amor hizo sagradas.
Y nació con olvido el nuevo año,
no sé si tuve amor, pero lo extraño.
11-enero-2019