Herederos de Anastacia Allende

Rogervan Rubattino

Poeta recién llegado
Y cuando abrieron el sótano se dieron cuenta que no estaba allí,

ni las notas, ni sus huesos, ni la radio,

que ella decía había dejado a sus pretendientes.

En brutal turbamulta se disiparon por los linderos,

rectificando las pistas,

el testamento,

y la luz de los vitrales que ella tanto quería.

En sus últimas voluntades había dejado todo a todo hombre

que en vida se hubiera acostado con ella,

pero lo que no se podía prever,

es que tantos buscavidas leyeran la noticia,

de que Anastasia Allende había muerto ayer.

Y apenas amanecía la mañana y hombres de todas

las haciendas, ciudades y villas cercanas llegaban,

con unas bragas por resguardo,

única condición para sumarse a la búsqueda,

que en notas millones había guardado.

Asaltó el mediodía a la muchedumbre,

que escrutaba ansiosa la propiedad de Anastasia Allende,

buscando el tesoro que decía ella heredaba,

a sus amantes, amores y fallidos contrayentes.

Y hasta una que otra mujer,

quitándose sus propias bragas,

testificaban al juez y al notario del pueblo,

que habiéndose acostado con la interfecta,

reclamaban,

el derecho a participar en la cacería de sus bienes,

en igualdad de condiciones

que aquellos cuasi-hombres.

Elevó la tarde su lengua a mermelada,

en la hora que ensordecen los cocuyos,

y la multitud desenfrenada,

revolvía enardecida cada rincón,

sin encontrar las notas ni el bastón,

de la recién muerta.

Y hasta uno que otro cura disfrazado,

de hombre honrado se presentó,

como también lo hicieron,

equipos enteros de fútbol.

Los pescadores del mercado,

y los vocales de la región,

todos tenían una braga,

un panty o un camisón,

que perjuraban era de Anastasia Allende,

que era su billete de capitulación.

Y cayó la noche entre gritos y algarabía,

y aquello era una feria,

un circo y un desmadre atroz,

toda la gente se revolvía y agitaban,

muebles, tierras y daban mil y una voz.

Entre tanto un octogenario,

que en el suelo se hallaba por la tropelía

recordaba a Anastasia Allende,

piel tersa y sonrisa vertical elocuente.

Y así arrastrándose llegó

donde dijeron se había muerto,

y allí mismo encontró,

un perro comiéndose hambriento,

un amasijo sanguinolento,

unos restos.

Le apartó a pedradas

y a cuento de su enfado

le prendió fuego a aquello,

con tan mala fortuna

que sus harapos también ardieron,

y en su desesperada huida,

no se dio cuenta,

que aquellos eran los tesoros de ella,

de la difunta,

de su dueña,

envueltos en carne fresca,

y expuestos a la turbamulta,

desde ultratumba.

Nadie se percató del viejo,

de sus gritos y su agonía,

y de que aquellos papeles

eran lo que buscaban con epifanía.

Y se terminaba el plazo de aquel día,

y la desesperación dio paso a la ira,

y uno a uno fueron cayendo

presas de la usura y la bizarría.

Todo aquello era un mar de bragas y sangre,

un campo de batalla,

y no quedó piedra sobre piedra,

ni buscavidas que no la espichase.

Y cuando amaneció, se sentían los olores

de la muerte haciendo crías,

aquellos motivos infames,

de tantas vidas vacías.

Anastasia Allende no había muerto,

ahora lo puede contar:

había acabado de heredar un pueblo,

gracias a este bendito desastre,

a este giro teatral.

ROGERVAN RUBATTINO©
 
Toda una novela nos cuenta este imaginativo poema sobre esa imaginaria herencia.

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El rescate de un cuento corto transformado en un cuasi-poema ha dado como resultado el esperpéntico producto que ha leído usted. Lo natural es que al menos nos haga pasar un rato de risas.

Gracias por su comentario.

saludos cordiales.
 

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