orees19
Poeta que considera el portal su segunda casa
Dentro de la corte del reino de la serpiente, o sea Calakmul, el tema de discusión matutina por lo general era cuál sería la mejor forma de darle caña a Tikal. También lo era a mediodía. También a la hora del cacao y del cigarrito. También a la hora de la sopita o del chimol. O cuando fluían los chorros espirituosos de chicha de maíz, el brandy de la época, o cuando algún miembro de la familia real se colocaba con alguna hierba recién traída de colombia. Generales, artistas, sacerdotes, pintores y matemáticos se reunían en torno a sus divinas altezas discurriendo extensivamente sobre cómo darles las del pulpo, o al menos arruinarles el polvo, a aquellos hijos de puta tikalenses. Que si hacemos un programa con guiñoles. Que si les acusamos de dopaje. Que si les enviamos a daniel ortega.
Esto era el clásico. El reino de la serpiente y el reino del sur ya tenían su historia de coqueteo, tonteo, besitos y demás - entiéndase el sarcasmo-, pero luego de que los teotihuacanos se hicieran con el poder en Tikal, la cuestión se puso en chino. Ya saben, dijeron los de Calakmul, nuestra dinastía es maya hasta el tuétano, y a ustedes los gobiernan unos mexicanitos que ni trump quiere. Obviamente, los de Tikal se picaron y cogieron sus putas lanzas de dos metros para afilarlas, dispuestos a repetir el 5 a 0 al madrid de mou. Es conmovedor recordar como mil quinientos años después algunos gobiernos centroamericanos se lanzarían acusaciones entre ellos de forma similar, y el último, maricón: es que en esto de la historia todo está inventado ya.
Y así transcurrió década tras década, inmortalizando en la estela o en el mural de turno las épicas puñetas que el uno hacía al otro, y que el otro correspondía de buena gana; históricas sacadas de lengua, movidas de culo y demás gilipolleces en los que se enzarzaban cada dos por tres por las razones más ridículas. Hay que decir, sin embargo, que en aquellos días ambas ciudades en discordia alcanzaron las mayores cotas de grandeza arquitectónica, política, científica y cultural que vio jamás el mundo maya; producto definitivamente también de su particular guerra fría en la que se hallaban, intentando determinar cuál de las dos superpotencias emprendería primero la conquista del espacio, haría las mejores películas de acción de los 80’s o crearía la bomba que le diera matarile a más gilipollitas en un solo bang.
Entre una cosa y la otra en este juego de tronos centroamericano, las demás ciudades-estado se aliaban con uno u otro bando en esa interminable búsqueda de la destrucción definitiva del contrario. La fiel aliada de Tikal durante su esplendor fue Copán, a quienes los tikalenses hasta les habían zampado una dinastía muy chula que les hizo creerse los mandamases de todo el sureste maya. Los copanecos, adeptos a la labor literaria, comenzaron a escribir de historia y genealogías hasta en la sopa, y gracias a su obsesión - plasmada de forma épica en la escalera jeroglífica, la hyeroplyphic stairway, oiga usted que nombre tan mono para una canción - nos llegan hasta hoy todos sus prodigios.
Tenía también Copán una amiguita, como es natural. Una ciudad-estado cercana a la que había ayudado mogollón para salir de la crisis. Una ciudad llamada Quiriguá, en la ribera norte del motagua, aquel riíto del que habíamos hablado anteriormente. Por mucho tiempo ambas fueron amiguis, compadres, bff’s y hasta follamigos. Pero entonces, cierto día a la corte de Quiriguá llegaron los embajadores de Calakmul… y como bien se sabe, cuando a la follamiga de uno se le acerca un hijoputa a endulzarle el oído con promesas de mejor auto y mejor piso, vienen los cuernos. Tarde lo supo el rey copaneco, pues el pringado llegó, tocó la puerta preguntando Cariño qué hacés y terminó capturado por sus ex-aliados y pasado a cuchillo, cómo no.
En fin, que al final del clásico, a pesar de los muchos y contundentes golpes del reino de la serpiente, el que se llevó el pato al agua fue Tikal, que quedó como amo y señor del mundo luego de un par de decisivas batallas en 695, a la manera de los gringos luego de la caída de la unión soviética. Pero como bien lo sabemos todos, la historia es la más tocacojones de todas las interacciones cuánticas, y entonces pasó algo que ni dios esperaba que pasara: el colapso del mundo clásico. Todo lo que hemos hablado dando vueltas y vueltas por el cagadero.
Que si desastre ambiental, que si sequía, que si los meteoritos, que si triunfó el comunismo, que si los mexicanos hicieron de nuevo de las suyas. En total se han contabilizado 88 teorías que tratan de explicar el desastre final. Yo me quedo con aquella que decía que la peña de las diferentes ciudades-estado, hasta los huevos de los conflictos en que la metían sus respectivos gobernantes y sabiéndose perteneciente a una sola nacionalidad, los mandó a tomar por saco a todos para irse alegremente a tomar unas cañas.
Esto era el clásico. El reino de la serpiente y el reino del sur ya tenían su historia de coqueteo, tonteo, besitos y demás - entiéndase el sarcasmo-, pero luego de que los teotihuacanos se hicieran con el poder en Tikal, la cuestión se puso en chino. Ya saben, dijeron los de Calakmul, nuestra dinastía es maya hasta el tuétano, y a ustedes los gobiernan unos mexicanitos que ni trump quiere. Obviamente, los de Tikal se picaron y cogieron sus putas lanzas de dos metros para afilarlas, dispuestos a repetir el 5 a 0 al madrid de mou. Es conmovedor recordar como mil quinientos años después algunos gobiernos centroamericanos se lanzarían acusaciones entre ellos de forma similar, y el último, maricón: es que en esto de la historia todo está inventado ya.
Y así transcurrió década tras década, inmortalizando en la estela o en el mural de turno las épicas puñetas que el uno hacía al otro, y que el otro correspondía de buena gana; históricas sacadas de lengua, movidas de culo y demás gilipolleces en los que se enzarzaban cada dos por tres por las razones más ridículas. Hay que decir, sin embargo, que en aquellos días ambas ciudades en discordia alcanzaron las mayores cotas de grandeza arquitectónica, política, científica y cultural que vio jamás el mundo maya; producto definitivamente también de su particular guerra fría en la que se hallaban, intentando determinar cuál de las dos superpotencias emprendería primero la conquista del espacio, haría las mejores películas de acción de los 80’s o crearía la bomba que le diera matarile a más gilipollitas en un solo bang.
Entre una cosa y la otra en este juego de tronos centroamericano, las demás ciudades-estado se aliaban con uno u otro bando en esa interminable búsqueda de la destrucción definitiva del contrario. La fiel aliada de Tikal durante su esplendor fue Copán, a quienes los tikalenses hasta les habían zampado una dinastía muy chula que les hizo creerse los mandamases de todo el sureste maya. Los copanecos, adeptos a la labor literaria, comenzaron a escribir de historia y genealogías hasta en la sopa, y gracias a su obsesión - plasmada de forma épica en la escalera jeroglífica, la hyeroplyphic stairway, oiga usted que nombre tan mono para una canción - nos llegan hasta hoy todos sus prodigios.
Tenía también Copán una amiguita, como es natural. Una ciudad-estado cercana a la que había ayudado mogollón para salir de la crisis. Una ciudad llamada Quiriguá, en la ribera norte del motagua, aquel riíto del que habíamos hablado anteriormente. Por mucho tiempo ambas fueron amiguis, compadres, bff’s y hasta follamigos. Pero entonces, cierto día a la corte de Quiriguá llegaron los embajadores de Calakmul… y como bien se sabe, cuando a la follamiga de uno se le acerca un hijoputa a endulzarle el oído con promesas de mejor auto y mejor piso, vienen los cuernos. Tarde lo supo el rey copaneco, pues el pringado llegó, tocó la puerta preguntando Cariño qué hacés y terminó capturado por sus ex-aliados y pasado a cuchillo, cómo no.
En fin, que al final del clásico, a pesar de los muchos y contundentes golpes del reino de la serpiente, el que se llevó el pato al agua fue Tikal, que quedó como amo y señor del mundo luego de un par de decisivas batallas en 695, a la manera de los gringos luego de la caída de la unión soviética. Pero como bien lo sabemos todos, la historia es la más tocacojones de todas las interacciones cuánticas, y entonces pasó algo que ni dios esperaba que pasara: el colapso del mundo clásico. Todo lo que hemos hablado dando vueltas y vueltas por el cagadero.
Que si desastre ambiental, que si sequía, que si los meteoritos, que si triunfó el comunismo, que si los mexicanos hicieron de nuevo de las suyas. En total se han contabilizado 88 teorías que tratan de explicar el desastre final. Yo me quedo con aquella que decía que la peña de las diferentes ciudades-estado, hasta los huevos de los conflictos en que la metían sus respectivos gobernantes y sabiéndose perteneciente a una sola nacionalidad, los mandó a tomar por saco a todos para irse alegremente a tomar unas cañas.
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