orees19
Poeta que considera el portal su segunda casa
Uno sólo pisaba un pie fuera de las murallas de Copán, aquella ciudad de edificios con nombres rimbombantes, y en menos de lo que canta un gavilán el mundo maya se esfumaba. La misma mesoamérica se iba a tomar por culo al medio asomar la cabeza fuera de aquellos muros, así en plan astronauta que se para cagado e indeciso en la puerta de su cápsula en una peli. Esta era la frontera que dividía a los que vivían en pirámides pijas y se tenían unos cacaos mentales de miedo con aquello de la ciencia galáctica, de pueblos más humildes, pero con un par de huevos que les permitirían poner en jaque a mucho hijoputa durante un par de milenios, llevaran éstos atuendo maya clásico, maya posclásico, españolito habsburgo o españolito borbónico.
Por casi todo el centro y occidente de honduras y en buena parte de el salvador vivían unos tipos muy de derecha como dios manda, que se llamaban lencas. Se dividían en clanes familiares, vivían en aldeas y villas de hasta 500 casas -con su jacuzzi y el tubo para que bailara la chica incluido-, y acostumbraban regirse por leyes que más de alguno ansiará en nuestros tiempos que corren. Así por ejemplo, a los ladrones y funcionarios corruptos les cortaban las manos, y si mangaban demasiado, también les acariciaban los pies por listillos (medida que yo replicaría de buena gana en el mundo actual, para que se cague un poco más el lula). De todas formas, podían llegar a ser tan hijos de puta como cualquiera del siglo XXI, claro, y como ejemplo está que además tenían entre sus costumbres, la de matar a todo recién nacido si su parienta no podía cortar el cordón umbilical ella misma. Ya saben, a practicar, señoritas, que no vamos a ser menos que los espartanos esos de 300. Como buen pueblo guerrero, eso sí, les encantaba salir de marcha con toda la mara, arrasando los campos del pendejo del vecino para capturarle a toda la prole, marcarles como esclavos, cortarles la nariz -el último grito de la moda- y ponerlos a trabajar al más puro estilo walmart en sus cultivitos de maíz y camote. Desempleo cero en toda la región, por supuesto, y es que estos chicos eran unos genios adelantados a su época, o estaban asesorados por algún vicepresidente ejecutivo de la susodicha cadena de supermercados, o por algún ministro bolivariano de economía. Todo de puta madre. Adicionalmente, habían adoptado también el calendario maya -que no hay que renegar de todo lo de esos frikis, pensarían- y producían una alfarería estupenda, todo sin la necesidad de rendirle homenaje a esos dioses gilipollas que exigían que la peña se agujereara la lengua o se hiciera sangrar los cojones. Esto último literal, damas y caballeros. Sujeten fuerte sus partes nobles.
También estaban los pech y los tolupanes y los tawahkas y los ancestros de los miskitos - todos ellos parientes de los lencas- pueblos de los bosques y riberas, y montañas y playas del caribe, que llevaban vidas alucinantes como las de esas escenas de el renacido de gonzález iñárritu, explorando bosques que se extendían interminables; pescando especímenes de miedo en ríos inmensos como el día y al noche desde sus pipantes y cayucos; cultivando camote y yuca pa’ que nadie se quejara a las orillas, preparando sopa de caracol y echándose sus pencazos de ron pleito o de yuscarán con el cuñado durante las noches estrelladas. Sentían, cómo no, un profundo aprecio por la naturaleza y desde luego también por matarse con el vecino, sin duda, esa característica tan hermosa y perenne de la historia centroamericana. Vamos, que en una época en la que aún no habían llegado las redes del cártel de sinaloa y de léperos como franco lombardi, los casinos e inversiones turísticas eran escasos y la gente tenía que entretenerse de alguna forma diferente a la de hacer chigüines, que también lo hacían. Pero como dicen que no hay mal que por bien no venga, tal experiencia macanuda le vendrá de perlas a alguno de estos grupos para darle mandanga con muchas ganas y sin vergüenza a esos tipos que de repente llegaron vestidos harto raros, diciendo venir de una tal castilla.
Por casi todo el centro y occidente de honduras y en buena parte de el salvador vivían unos tipos muy de derecha como dios manda, que se llamaban lencas. Se dividían en clanes familiares, vivían en aldeas y villas de hasta 500 casas -con su jacuzzi y el tubo para que bailara la chica incluido-, y acostumbraban regirse por leyes que más de alguno ansiará en nuestros tiempos que corren. Así por ejemplo, a los ladrones y funcionarios corruptos les cortaban las manos, y si mangaban demasiado, también les acariciaban los pies por listillos (medida que yo replicaría de buena gana en el mundo actual, para que se cague un poco más el lula). De todas formas, podían llegar a ser tan hijos de puta como cualquiera del siglo XXI, claro, y como ejemplo está que además tenían entre sus costumbres, la de matar a todo recién nacido si su parienta no podía cortar el cordón umbilical ella misma. Ya saben, a practicar, señoritas, que no vamos a ser menos que los espartanos esos de 300. Como buen pueblo guerrero, eso sí, les encantaba salir de marcha con toda la mara, arrasando los campos del pendejo del vecino para capturarle a toda la prole, marcarles como esclavos, cortarles la nariz -el último grito de la moda- y ponerlos a trabajar al más puro estilo walmart en sus cultivitos de maíz y camote. Desempleo cero en toda la región, por supuesto, y es que estos chicos eran unos genios adelantados a su época, o estaban asesorados por algún vicepresidente ejecutivo de la susodicha cadena de supermercados, o por algún ministro bolivariano de economía. Todo de puta madre. Adicionalmente, habían adoptado también el calendario maya -que no hay que renegar de todo lo de esos frikis, pensarían- y producían una alfarería estupenda, todo sin la necesidad de rendirle homenaje a esos dioses gilipollas que exigían que la peña se agujereara la lengua o se hiciera sangrar los cojones. Esto último literal, damas y caballeros. Sujeten fuerte sus partes nobles.
También estaban los pech y los tolupanes y los tawahkas y los ancestros de los miskitos - todos ellos parientes de los lencas- pueblos de los bosques y riberas, y montañas y playas del caribe, que llevaban vidas alucinantes como las de esas escenas de el renacido de gonzález iñárritu, explorando bosques que se extendían interminables; pescando especímenes de miedo en ríos inmensos como el día y al noche desde sus pipantes y cayucos; cultivando camote y yuca pa’ que nadie se quejara a las orillas, preparando sopa de caracol y echándose sus pencazos de ron pleito o de yuscarán con el cuñado durante las noches estrelladas. Sentían, cómo no, un profundo aprecio por la naturaleza y desde luego también por matarse con el vecino, sin duda, esa característica tan hermosa y perenne de la historia centroamericana. Vamos, que en una época en la que aún no habían llegado las redes del cártel de sinaloa y de léperos como franco lombardi, los casinos e inversiones turísticas eran escasos y la gente tenía que entretenerse de alguna forma diferente a la de hacer chigüines, que también lo hacían. Pero como dicen que no hay mal que por bien no venga, tal experiencia macanuda le vendrá de perlas a alguno de estos grupos para darle mandanga con muchas ganas y sin vergüenza a esos tipos que de repente llegaron vestidos harto raros, diciendo venir de una tal castilla.