Antonio Javier Fuentes So
Poeta que considera el portal su segunda casa
Rompimos los cristales a caricias,
vaciamos los ceniceros, y dejamos de fumar
esos cigarros rubios que, cosas del destino,
nos unieron. Fue en un pub de los de entonces,
sonaba el hurricane, de Bob Dylan.
Tu joven divorciada, yo marido sin familia,
emocionalmente separado.
Nuestros ojos se encontraron varias veces,
yo bajaba la cabeza y escapaba
del miedo por sentirme descubierto.
De pronto, cuando las sombras
dejaron ver parte del suelo,
viniste a mi rincón sin darme tiempo
a fingir que hasta entonces te ignoraba.
Me pediste un cigarro y olvidamos
que el sol inoportuno
comenzaba en breve su jornada.
Nos barrieron los pies los camareros
(no nos casamos), y salimos del bar
tragando besos.
Con la luna agonizando de testigo, asesinamos
tu pasado y mi presente.
En tu cama decidimos hospedarnos.
Sin pensar en los daños colaterales,
recogí las pertenencias de mi cárcel.
Evité cumplir el tercer grado a base de verdades
que duelen, pero evitan el coma inducido
y el follón que provoca la eutanasia irremediable.
Y en los días grises la lluvia era, y sigue siendo,
de colores.
vaciamos los ceniceros, y dejamos de fumar
esos cigarros rubios que, cosas del destino,
nos unieron. Fue en un pub de los de entonces,
sonaba el hurricane, de Bob Dylan.
Tu joven divorciada, yo marido sin familia,
emocionalmente separado.
Nuestros ojos se encontraron varias veces,
yo bajaba la cabeza y escapaba
del miedo por sentirme descubierto.
De pronto, cuando las sombras
dejaron ver parte del suelo,
viniste a mi rincón sin darme tiempo
a fingir que hasta entonces te ignoraba.
Me pediste un cigarro y olvidamos
que el sol inoportuno
comenzaba en breve su jornada.
Nos barrieron los pies los camareros
(no nos casamos), y salimos del bar
tragando besos.
Con la luna agonizando de testigo, asesinamos
tu pasado y mi presente.
En tu cama decidimos hospedarnos.
Sin pensar en los daños colaterales,
recogí las pertenencias de mi cárcel.
Evité cumplir el tercer grado a base de verdades
que duelen, pero evitan el coma inducido
y el follón que provoca la eutanasia irremediable.
Y en los días grises la lluvia era, y sigue siendo,
de colores.
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